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jueves, 20 de julio de 2017

Aurora Lincheta: apuntes para la reconstrucción de su leyenda negra (II y final)


Aurora Lincheta, con belleza, talento y menos edad, pero sin la experiencia, la genialidad absoluta y el camino recorrido por Rita Montaner, tendría que vérselas entonces con estos obstáculos de alcance no despreciable, sin que fuese posible predecir un final feliz, al gusto y los sueños de la jovial cantante. No le fue posible, ni entonces, ni después, dedicarse a otros géneros para los que tenía talento, tal y como lo demuestran sus grabaciones y hasta testimonios de algunos coetáneos entrevistados.

José Antonio Alonso, voz cantante y cabeza visible de La Corte Suprema, se había encargado de que cada una de sus 'estrellas nacientes' tuviera su género como elemento distintivo. A la Lincheta se le asignó el afro, el pregón… Años más tarde, al encontrarse en Madrid, Aurora confiaría a Luis Carbonell su certeza de que Alonso había delineado para ella esa figura en el imaginario popular y, de algún modo, también habría trazado el destino de su carrera musical.

A pesar de esto, Aurora continúa indetenible. En 1940 la RHC Cadena Azul, de Amado Trinidad, competía con CMQ en radioaudiencia. Según Bobby Collazo, Trinidad consigue que tres populares cantantes acepten sus contratos: Aurora Lincheta, María Ciérvide y René Cabel, “cada una en su género musical. Como orquesta acompañante , a un conjunto formado y dirigido por Fernando Mulens.” Y a pesar de que la gran mayoría de las fuentes consultadas se refieren a que fue Aurora Lincheta, con su interpretación de Rumba Matumba la ganadora del certamen, el propio autor de este tema -Bobby Collazo- niega este hecho, argumentando que Aurora nunca cantó en ese programa, porque “ningún compositor había presentado un número musical en tiempo de guaracha o mambo o género afro-cubano. Al mes de estar cobrando sueldo y no actuación, decidió aceptar un compromiso cinematográfico y la cantante Jorgelina Junco ocupa su lugar. Vienen entonces las producciones de rumbas y guarachas de donde nace mi Rumba Matumba”.

En 1940, desde Buenos Aires, donde se presentaba su compañía, Ernesto Lecuona le escribe a Augusto Ferrer de Couto y le confiesa sus preocupaciones sobre la situación de subestimación en que se encontraban muchos de los músicos, cantantes y artistas cubanos en su país, frente a la sobrevaloración de figuras extranjeras de dudoso alcance. La inclusión de Aurora junto a otros nombres de incontestable popularidad y valía da muestra del sitio que ocupaba entonces en el panorama artístico cubano: “Los artistas cubanos de radio tienen que unirse ante tamaña vejación. Ese ha sido mi lema, y ellos lo saben. Sin Rita Montaner, única en todos los tiempos de la música cubana; Hortensia Coalla, la voz incomparable, no igualada hasta ahora; Georgina Du Bouchet, María Ciérvide, Tomasita Núñez, Carmen Burguette, Esther Borja, Zoraida Marrero, Mercedes Menéndez, René Cabel, Rafael Pradas, Aurora Lincheta, Maruja González, Andrés Vascós, Panchito Naya, (Carlos) de la Uz, María Fantoli, Sara Bravo, etc., nada se podría hacer en la radio en Cuba.”

Ya en 1941, la Lincheta era una favorita del público que la seguía a través de populares programas de la radiodifusión nacional. Es artista de la RHC Cadena Azul, ante cuyos micrófonos triunfa rotundamente. Muy relevante resulta su participación en la gala Noche de Estrellas en el Teatro Auditorium, el 26 de junio de ese año, con los mexicanos Gabriel Ruiz y Genaro Salinas, y los cubanos Xiomara Fernández, Olga, Chorens, Elsa Valladares, Otto Sirgo, Aníbal de Mar, Margot Alvariño, Miguel Angel Ortiz, y la cantante brasileña Malena de Toledo, entre otros. Y aún más, el 1 de octubre hace su debut teatral con la compañía de Ernesto Lecuona, en el Teatro Principal de la Comedia, en el elenco que propició una reposición de la zarzuela Lola Cruz. Dos días después se la verá en el estreno del sainete lírico La de Jesús María, en el que tuvo a su cargo el personaje de Maniquí. Aquí compartió escena con Antonio Palacios, Zoraida Marrero, Rolando Ochoa, Miguel de Grandy, Alicia Rico, Julio Díaz, Pepa Berrio y la tiple española Eugenia Zuffoli. Fue la Lincheta quien estrenó esta pieza, pero sería María de los Angeles Santana quien la convertiría después en una verdadera sensación, según afirma su biógrafo Ramón Fajardo Estrada.

Entre 1938 y 1941 se acreditan a Aurora Lincheta, como voz principal, una serie de grabaciones realizadas por la Orquesta Casino de la Playa para el sello Víctor en La Habana. De hecho, y atendiendo a los datos aportados por Cristóbal Díaz Ayala, acaso sería Aurora Lincheta la primera mujer en grabar como invitada con esta formación musical, hecho que ocurriría por primera vez el 26 de septiembre de 1938, cuando fijó los temas Chivo que rompe tambó, de Moisés Simons, y El Sun sun, de Ernesto Lecuona. La popularidad conquistada por la Lincheta, a escasos dos meses de su triunfo en La Corte Suprema del Arte, debió ser muy alta para que una orquesta tan reputada ya como la Casino de la Playa la invitara a grabar.

La revista Cinema del 17 de mayo de 1942 anunciaba, en su sección Detrás del Set, que “se comenta que Aurora Lincheta, la valiosa y eficaz intérprete de nuestro cancionero popular, y Tomás Potestad, redactor de la sección radial de nuestro colega El Crisol, contraerán matrimonio” y que es posible que en breve embarque hacia Panamá donde deberá cumplir un magnífico contrato.

Sin embargo, cinco semanas después, concretamente el 22 de junio forma parte del elenco que centró el homenaje a Margarita Lecuona en el Teatro Fausto, junto a Rita Montaner, René Cabel, Zoraida Marrero, Hortensia Coalla, Jesús Alvariño, Blanquita Amaro, Rita maría Rivero, Reinaldo Henríquez, Nilda Espinosa y su pianista, el aún muy joven Adolfo Guzmán, Otto Sirgo, las Marvel Sisters, con las orquestas de Alfredo Brito y la Casino de la Playa.

Entre 1940 y 1942, realiza tournées por el país, visitando Santiago de Cuba, Santa Clara, Sagua de Tánamo y otras ciudades. También se presenta en diversos escenarios capitalinos. Francisco Gutiérrez Barreto, en su Historia de la Farándula Cubana 1900-1942 resalta el éxito de la Lincheta como figura central del cabaret Montmartre en la revista Babalunga, donde canta y baila los afros: Sabelo tó, de Luis Marquetti; Euchituve, de Margarita Lecuona y Yima na yimo de Rafael Blanco Suazo. Se presenta también en el Teatro América, con su espectáculo Show de Shows. En la radio, y afincada ya en los predios de Amado Trinidad, en la RHC, brilla en los programas Trinidad y Hno., que se transmitía a las 11.00 am y Eslabones de Oro, a las 10.30 pm Un dato curioso aparece al revisar el archivo de la revista norteamericana Billboard: el crítico David Coupau, tras presenciar el espectáculo en el Tabarin, con la orquesta Cosmopolita dirigida por Alfredo Brito, escribió: “Aurora Lincheta, is a vivacious, personality-full Singer of risque tunes peppered with brash remarks at patrons”.

Otra prueba del nivel logrado por la Lincheta por aquellos años, lo es su intervención en la función homenaje a Amado Trinidad, dueño de RHC Cadena Azul, organizado por Rita Montaner junto a Miguel De Grandy, motivados por el respeto que le profesaba a quien, a su juicio, hacía mucho por los músicos y artistas. El Teatro Campoamor acogió el 24 de enero de 1943 este concierto de gala, como reconocimiento también a la gestión empresarial de Trinidad en los espectáculos ofrecidos en ese auditorio el año anterior. Se representa para este acto, el pasatiempo lírico-cómico Las Leandras, con las actuaciones de la propia Montaner, Maruja González Hortensia Coalla, Zoraida Marrero, Rosita Fornés, Esther Borja, Miguel de Grandy, Rene Cabel, Miguel Angel Ortiz y Antonio Palacios. En la segunda parte, aparecen los intérpretes de La Tremenda Corte, la cual concluye con variedades a cargo del trío Marvel Sisters, Margot Alvariño, Aurora Lincheta, Chano Pozo y los coros de la RHC Cadena Azul.

En 1943 viaja a Venezuela y realiza exitosas presentaciones en Caracas, en Radio Teatro Colón, denominado El Palacio de la Alegría. En abril de 1944, Mario Moreno, Cantinflas, llega a La Habana para cumplir contrato actuando ante los micrófonos de la CMQ en los programas de la cigarrera Competidora Gaditana, y también en el teatro Alkázar, en éste junto a artistas mexicanos y cubanos. Al ser entrevistado por Don Galaor para la revista Bohemia, el célebre cómico, al referirse a los colegas cubanos con los que compartiría escenario, señaló: “A Esther Borja la conocí en México. A Rosita Fornés, la conocí en La Habana. A Aurora Lincheta la conocí en Caracas. Coincidí con ella hace unos meses en esa ciudad”. La presencia de Cantinflas en CMQ fue ampliamente reflejada en los medios, jerarquizado como estaba su impacto en la programación de CMQ, ya entonces al cuidado y bajo la dirección de Goar Mestre.

La Mil Diez recibe a Aurora Lincheta en agosto de 1944, cerrando con ella un ventajoso contrato. En la famosa emisora hizo famosas la rumba Vira y tumba, original de Rafael Blanco Suazo; la guaracha A gozar con el bote, de Jesús Guerra y el imprescindible Drume Negrita, de Eliseo Grenet. En 1945 está en México y graba para el sello Víctor con la orquesta del cubano mexicanizado Absalón Pérez. Se trata de los temas Lo último, de Rafael Blanco Suazo, y Tin Tin, de Chano Pozo; Dice mi gallo, de Ñico Saquito y El melcochero, tema con el que retoma su reinado en el género del pregón. En 1946 viaja de nuevo a Venezuela, y también a Puerto Rico y Santo Domingo. De estos viajes y presentaciones no hemos encontrado información más precisa.

En julio de 1947 está aún en México y forma parte del espectáculo estelar de El Tívoli, siendo presentada como 'el huracán que canta', junto a "Medel, el cómico de México, la sensacional Rosita Fornés, el colosal Luis Aguilar y la exquisita voz de María Luisa Landín”. El Tívoli era el sitio de moda entonces, y ese día sucedería algo especial: una casi quinceañera venida de California y llamada Yolanda Montez hacía su debut bajo el nombre artístico de Tongolele.

En México, la Lincheta actuó en el Folies, el Minuit y en las emisoras XEW y XEQ. Su tránsito por estos escenarios es resaltado en textos sobre el teatro mexicano, junto a los nombres de Rosita Fornés, Amanda Ledesma, María Luisa Landín y Libertad Lamarque. Interesante resulta la mención de un crítico al referirse a la Lincheta, quien, según él “pasó con éxito inexplicable esa flor de vulgaridad que es la cancioneta bailada Camina como Chencha”.

Continúa triunfando, ahora en Argentina, en un espectáculo que subió el 7 de diciembre de 1948 al escenario del teatro Maipo, ofreciendo junto a Bobby Collazo y Marión Inclán, una revista musical bajo la dirección de Antonio Botta y Marcos Bronenberg. El Café Tabaris de Buenos Aires contrata por tres meses un gran elenco de cubanos y ya en 1949 participan en una función especial en el Teatro Astral para recaudar fondos destinados a la Casa del Artista y que constituyó un verdadero suceso mediático. En ella actuaron todos los músicos cubanos que entonces se encontraban en tierras rioplatenses: la propia Lincheta, Amelita Vargas, Marión Inclán, René Cabel, Wilfredo Fernández, Zoraida Marrero, Blanquita Amaro, Margarita Lecuona, Bobby Collazo y como la gran revelación del show, Olga Chorens con acompañamiento de una orquesta típica argentina. Recuerden que entonces, la Chorens era una destacada intérprete de tangos, al punto de confundirla con las divas locales porteñas.

En julio de 1949 llega a Brasil, en medio del furor por el mambo y las llamadas “rumberas”; realiza una temporada en el auditorio de Radio Jornal do Commercio, en Recife, estado de Pernambuco, tras exitosas presentaciones en Radio Bandeirantes de Sao Paulo, en el muy popular programa Trem da alegria. Los datos sobre la presencia de la Lincheta en Brasil han sido hallados, gracias a la investigación realizada por Clarisa Hoffman y publicada en julio de 2016 acerca del control discriminatorio hacia ciudadanos extranjeros, ejercido por el Departamento de Ordem Política e Social (DOPS) del estado brasilero de Pernambuco entre 1930 y 1950 y en el que es revelada a Aurora Lincheta como uno de los artistas fichadas en secreto por la DOPS. Los documentos probatorios se muestran en O Obscuro Fichário dos Artistas Mundanos, donde se reproducen notas de prensa y documentos migratorios de la artista cubana, que permiten establecer su nombre como Reina Aurora Lincheta Toledo, su fecha de nacimiento el 13 de agosto de 1918, hija de Sotero Lincheta y María Josefa Toledo, su estado civil (con apellido de casada 'de Hidalgo'). Más detalles al final.

Según cuenta Bobby Collazo, la Lincheta se presentó también durante 1949 en Chile y Uruguay. Tras este éxito atronador, regresa a La Habana con un magnífico contrato, según anuncia la revista Carteles, en su edición del 30 de octubre de 1949. Transcurre poco más de un mes y luego de varios años de ausencia, reaparece el 1 de diciembre de 1949 en el teatro Warner (hoy Yara) en un programa que estelariza el jazzista norteamericano Cab Calloway, quien tras sus presentaciones en el cabaret Montmartre ampliaba su contrato en Cuba. Ambos se hacían acompañar por la orquesta de Adolfo Guzmán, en un programa que alternaba con los filmes norteamericanos El crepúsculo de una gloria (durante la primera semana) y La casa de enfrente (en la segunda), según anunciaba profusamente el Diario de la Marina.

El 4 de diciembre se suma a lo que se considera “la función más grande del año”: el espectáculo denominado La Fiesta del Compositor, auspiciado por el Sindicato Nacional de Autores Musicales Cubanos. A las nueve y media de la mañana comienza a desfilar por el escenario del Teatro Nacional un numeroso elenco que incluye a los cantantes puertorriqueños Daniel Santos y Myrta Silva, verdaderos ídolos en Cuba, los mexicanos Los Panchos y al actor Manuel Medel, así como a Rita Montaner, Bola de Nieve, Marta Pérez, Rosita Fornés, María de los Angeles Santana, Esther Borja, Luis Carbonell, Hortensia Coalla, María Cervantes, René Cabel, Eusebio Delfín, Tomasita Núñez, Rita María Rivero, Orlando Guerra “Cascarita”, las Hermanas Lago, Manuel Licea “Puntillita”, las Hermanas Márquez, el Trío Taicuba, los conjuntos Casino y de Nelo Sosa, Arsenio Rodríguez, Isolina Carrillo, Bebo Valdés y muchos otros músicos, junto a los actores Aníbal de Mar, Alicia Rico, Leopoldo Fernández, Carlos Pous, y los animadores Germán Pinelli, José Antonio Alonso, Carlos Badías, Rosendo Rosell, Rolando Ochoa, y Carlos D’Mant. Rodney, el célebre coreógrafo de Tropicana, presentaba el cuadro titulado Glorificación del mambo, con Celia Cruz y Las Mulatas del Fuego. Si menciono esta larga lista de músicos y actores es únicamente para que pueda valorarse de qué modo la Lincheta estaba ya insertada entre lo que más valía y brillaba entonces en las ondas radiales cubanas y en los espectáculos musicales.

A su regreso de esta gira, que según Bobby Collazo, la llevó también a Chile y Uruguay, Aurora Lincheta debuta en el famoso programa De fiesta con Bacardí, en la CMQ. A inicios de 1950 se marcha a España para cumplir contratos en exclusivos centros nocturnos y teatros, donde permanece hasta 1953. Debuta en el cabaret Rosaleda de Barcelona, donde la presentan como “la revelación del año” y “la sal y la pimienta de Cuba”. Comparte cartel con el violinista Bertalan Bujka, además de Johnny Muller, Rosita Segura y Pepe Denis y su orquesta. Allí se mantiene hasta mediados de septiembre, iniciando el 16 una temporada en El Cortijo, también en Barcelona. Los posters y anuncios destacan su talento y también su exótica belleza, presentándola como “la mulata de ébano” (¿redundancia?).

El 4 de octubre de 1950 inicia su temporada en el Emporium de Muntaner, 4, donde ya la anuncian como “la reina de la rumba y las canciones cubanas”. No pasa inadvertida para la crítica, a quien cautiva de inmediato: al día siguiente, el periódico catalán La Vanguardia reseñaba: “Anoche triunfó rotundamente en el Emporium Aurora Lincheta”. Dos días después, la misma fuente aseguraba: “Éxito arrollador de Aurora Lincheta en el Emporium”, donde según el mismo diario, permaneció durante todo el mes de octubre de 1950. El éxito sobreviene rápido y rotundo. Es reclamada en Madrid, y para los primeros días de noviembre integra el cartel de la sala de fiestas Teyma, en el Palacio de la Prensa, en un espectáculo junto a músicos y cantantes españoles. Le siguen otras presentaciones en similares escenarios madrileños, como la sala de fiestas J-Hay. Sería presencia frecuente en estos mismos escenarios madrileños durante estos años. El 29 de diciembre aparece en el Teatro Victoria junto a Dick y Biondi en el espectáculo Las 100 y una piernas.

Continúa en España en 1951, y es llamada por el afamado coreógrafo cubano Sergio Orta para la puesta en el Teatro Español, de su comedia Si Eva fuera coqueta, junto a Gloria Martí, Carlos Pous, Maruja Blanco y Montserrat Fabra, entre otros. En su edición del 13 de junio, La Vanguardia reseña el éxito de esta revista musical, que con anterioridad y desde marzo, había subido al escenario del Teatro Cómico; elogia el desempeño de la Lincheta al catalogarla como “la elegante y sugestiva vedette, de tan original y completa personalidad artística, excelente colaboradora de Carlos Pous, que comunica gracia vibrante y ritmo alegre a la revista”. El éxito de su actuación llega a las emisoras de radio.

El 31 de marzo Radio Barcelona retransmite el programa Fin de Semana de Radio Madrid, en el que toma parte Aurora Lincheta. En agosto vuelve a centrar otra revista musical: Música y Mujeres, esta vez en el Teatro Monumental Cinema Mataró, de Barcelona, junto a Mery Bellamonte y Carmen de Lirio. En el poster, Aurora es presentada como “el alma de Cuba”. En septiembre de 1951, el diario La Vanguardia anunciaba en el Teatro Español, de Barcelona, la revista Una noche en La Habana, del “gran productor y director americano (así lo presentaba
\1” Sergio Orta, con Gloria Martí, Aurora Lincheta, Las Binster, Irina Greifon, Lolita Naranjo y la orquesta de mambos de Eduardo Gadea, todos los días y en doble función.

En noviembre, La Vanguardia anuncia en el Teatro Calderón de Madrid un homenaje a María de los Angeles Santana, luego de su extraordinario éxito en los escenarios de la Península. La Lincheta aparece en el cartel interpretando el mambo El mareíto y es presentada como artista del Teatro Español. Un mes después, Aurora triunfaba rotundamente en ese teatro encabezando la revista Bailando nació una Estrella, dirigida por Sergio Orta con la uruguaya Gloria Martí y las ya famosas Lita Rey y Montserrat Fabra en roles importantes, y que se mantuvo en ese foro hasta finales de enero de 1952. La cubana obtuvo elogiosas críticas: “Aurora Lincheta, verdadera animadora del espectáculo con su desenvoltura, su exotismo y su personalidad en verdad extraordinaria y desbordante de artista, para la que fueron los más cálidos aplausos de la velada.”

En 1952, Sevilla recibe a la Lincheta, introducida por su compatriota Antonio Machín, quien presenta al “torbellino cubano” en el Café-Bar Manolo de la Glorieta del Perú, donde permanece por varios meses. En septiembre y octubre hace algunas presentaciones en Madrid en la sala Teyma, simultaneando con sus presentaciones con Machín en Sevilla. De especial relevancia son las grabaciones que realizara Aurora Lincheta para el sello Columbia de Juan Inurrieta, en San Sebastián, País Vasco, entre 1950 a 1952 y que fueron, sin dudas, el resultado de su éxito y popularidad en España. Con ellas, se editaron al menos 5 discos con 10 temas, que incluyen un espectro de los géneros abordados por Aurora en su repertorio y que hoy constituyen verdaderas rarezas discográficas.

Tras una prolongada estancia en España, en 1953 regresa a La Habana, y canta en programas de radio, televisión, cabarets y teatros. No hay un ambiente propicio para sus planes y las comparaciones y exigencias malsanas siguen persiguiéndola sin cesar. Considerando su calidad vocal e innegable carisma, quizás la elección de otro repertorio habría marcado una diferencia en su favor, pero lo cierto es que su estilo ya había sido encasillado y su voz, amoldada a las exigencias interpretativas de esos géneros.

Emprende de nuevo el camino hacia Europa y en octubre de 1955 se le ve actuando junto a Pantaleón Pérez Prado y su orquesta en el Festival de Mambo y Chachachá en el Teatro Alhambra de París. Es anunciada como “la bombe cubaine”. El espectáculo, que estuvo en cartel del 14 al 17 de octubre, incluía a cerca de 50 músicos en escena y el desempeño de la Lincheta motivó positivas críticas y éxito de público.

Durante la segunda mitad de la década de los 50, Aurora actúa en otras ciudades europeas, y también en el norte de Africa. Se presenta en Túnez, y en 1957 se convierte en la máxima atracción de La Cabaña Cubana del hotel Majestic donde permanece una exitosa temporada. Regresa a París, donde fueron memorables a partir de 1956 sus presentaciones en el L’Aiglon. En diciembre de 1958, la revista Bohemia, en su sección La Farándula Pasa, reseñaba: “Aurora Lincheta, la dinámica vedette cubana, sigue su periplo triunfal por Europa. Ahora es atracción principal en el L’Aiglon, el mismo nite club que la mantuvo en su cartelera hace dos años, durante más de dos meses. Ya lleva cuatro semanas en su show, y es tanto lo que gusta, que sus empresarios acaban de firmarla por seis meses más. Su número de éxito es un afro de Mercerón, Tierra va a temblá. Lo increíble: Aurora lo escuchó por primera vez, hace unos cinco meses, interpretado por una cantante norteamericana que estaba actuando en Vichy, y, como le gustó, lo agregó a su repertorio, ahora, hecho por ella, constituye un triunfo apoteósico”.

Aquí, en este año 1958, el rastro documental de la Lincheta se me hace inasible. Tengo la impresión que, terminada la década de los 50, nunca más regresó a Cuba. Francisco Gutiérrez Barreto, en la obra citada, asegura que Aurora contrajo nupcias en Argel con Alí El Kasbi, poniendo fin a su carrera musical a finales de esa década. El éxito conquistado en París, me gusta mucho como final para su vida de diva legendaria. Falleció en la década de 1970, en Bombay, donde la pareja había fijado su residencia.

Mientras tanto, espero por ustedes, mis lectores. Quizás alguien traiga nuevas noticias sobre este ciclón cubano, talentoso y olvidado, que fue Reina Aurora Lincheta Toledo.

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, julio de 2016.

Foto-carnet de Aurora Lincheta, del Prontuario o Tarjeta No. 957 que las autoridades del estado brasileño de Pernambuco emitieron el 9 de julio de 1949 a nombre de Reina Aurora Lincheta de Hidalgo. Hija de Sotero Lincheta y María Josefa Toledo. Nacida en La Habana el 13 de agosto de 1918. Nacionalidad: Cubana. Instrucción: Secundaria. Estado Civil: Casada. Color: Morena. Residencia en Pernambuco: Hotel Central. Documentos presentados: Pasaporte expedido en México con el No. 5488/136223 el 30.5.1949. Identificación de la Policía de Sao de Paulo del 18.4.1949. Procedencia: Río de Janeiro. Local donde va a trabajar: Radio Jornal do Commercio. Tomada de O Obscuro Fichário dos Artistas Mundanos, con el siguiente texto, que he traducido del portugués:

Reina Aurora Lincheta de Hidalgo, conocida en la vida artística como Aurora Lincheta, nació en La Habana, Cuba, el 13 de agosto de 1918. Cantante y actriz, Aurora comenzó a tener éxito como cantante en Cuba a finales de la década de 1930, teniendo participación también en filmes como Siboney, de Juan Orol, y Cancionero cubano, de Jaime Salvador.

Llegó a Brasil en un momento en que las rumberas y mambistas (bailarinas de mambo) triunfaban en el país en las décadas de 1940 a 1950. En ese contexto, Aurora fue presentada como "el torbellino de Cuba" o el torbellino cubano que canta. Su repertorio incluía rumbas, boleros y guarachas.

En julio de 1949, Aurora Lincheta fue fichada por la DOPS/PE (policía de Pernambuco), mientras hacía una temporada en el auditorio de Radio Jornal do Commercio. Antes de actuar en Recife (capital del estado de Pernambuco), la artista ya se había presentado en Radio Bandeirantes, en Sao Paulo y en el popularísimo programa Tren de la alegría, de Héber de Bôscoli, Iara Salles y Lamartine Babo. Sobre su estadía en la ciudad, el Diario de Pernambuco publicó lo siguiente: "Tuvimos varias intérpretes de la música cubana, entre ellas Cuquita Carballo, Rayito de Sol, Lia Ray y ahora, Aurora Lincheta. No hay más originalidad. La artista ha sido muy aplaudida en sus presentaciones. Su temporada no tuvo gran éxito, pero tampoco desagradó. Es que ya el género se hizo muy conocido y el público quiere novedad".

El comentario del periodista pernambucano puede sugerir que ya había una saturación del tipo de presentación hecho por Aurora o pudo haber sido motivado por el hecho de que la artista se presentó en una emisora de la competencia. A juzgar por otras publicaciones, su opinión no gozaba de unanimidad.

Según la revista A Cena Muda, Aurora era apreciada "por su voz envolvente, su figura espectacular y sus danzas exóticas". Por su parte la revista A Noite Ilustrada, festejaba la presencia de Aurora Lincheta en Brasil por considerar que "siempre es bueno quebrar un poco la monotonía de las canciones meláncolicas y agitar un poco el ambiente con el exotismo de la danza y de la música que Cuba fabrica mejor que nadie". La revista identificaba a la artista como "una especialistas en bamboleos y una intérprete de primera línea de las canciones populares cubanas", en cuyo repertorio figuraban las "más calientes rumbas de su tierra".

Todo indica que Aurora Lincheta falleció en Bombay, India, en la década de 1970, alejada de la vida artística.

Ver discografía y más fotos de Aurora Lincheta en Desmemoriados.

lunes, 17 de julio de 2017

Aurora Lincheta: apuntes para la reconstrucción de su leyenda negra



Era extraño que su nombre apareciera en textos y noticias junto a las llamadas “líricas de Lecuona”; que figurara en producciones cinematográficas en las décadas 1930-1940… y que de ella se supiera tan poco. Ya cuando leí lo escrito por el Dr. Cristóbal Díaz Ayala en su monumental Enciclopedia – “Otra cantante cubana que fue popular a finales de los años 30. Quizás el color de su piel no le permitió triunfos mayores”- quise saber más sobre el destino de Aurora Lincheta, catalogada como “la reina del pregón”, y encasillada entonces, al parecer, al género afro-cubano con tintes folkloristas.

En la Hora Prophilactic, que dirigía René Cañizares hace su primera presentación como aficionada. En CMQ se presenta y gana con la romanza Las Traperas, de Caballereo. Prueba suerte de nuevo en la audición de aficionados que dirigía Josefina Morell en la estación radial CMK y también en similares convocatorias en los teatros Alkázar y Martí, obteniendo en todas ellas invariablemente el primer premio, en calidad de cancionera. Pero las primeras noticias sobre la linda mulata aparecen en los medios de prensa en junio de 1938, cuando Miguel Gabriel y Angel Cambó, propietarios desde hacía cinco años de la radioemisora CMQ, idearon La Corte Suprema del Arte. No creo que pudieran imaginar que estarían propiciando el surgimiento de nombres que serían notables en la música cubana. Algunos devendrían verdaderos mitos.

Lo cierto es que el programa se insertaba en la carrera competitiva que arreciaba por aquellos años entre las emisoras radiales –CMQ y RHC llevaban la voz cantante-, al tiempo que facilitaría la entrada de muchos aficionados con talento al estrellato en la radio. Advenedizos en las ondas radiales, pero copando los ratings de audiencia, permitirían a los dueños de CMQ reducir sus costes de producción, y, creando nuevas 'estrellas' realmente 'nacientes', eludir una parte de los altos pagos que debían realizar si querían tener a figuras ya establecidas en el favor popular. Durante el mes de mayo de ese año, una muchachita casi quinceañera iniciaba la recta final de su febril preparación para presentarse en la competencia radial que presentaba José Antonio Alonso y que comenzaría el 12 de junio de 1938.

Ya desde su primera presentación en el estudio de Monte y Prado, la revista Bohemia –que había conseguido la exclusiva para los reportes sobre este programa– destacó el desempeño de la joven Lincheta. Su estilo era calificado por la prensa como “música afro-cubana” y destacaba que, junto a Candita Céspedes, monopolizaban las interpretaciones de este género. Aurora se convertiría rápidamente, en una 'estrella naciente', es decir, en una de la primeras ganadoras de la primera Corte Suprema del Arte, donde también se presentaban América Crespo, Rosita Fornés, Olga Chorens, Estrellita Díaz, Fénix Caufman –quien después sería la inefable Vitola-, Elsa Valladares, Margot Alvariño y también otras voces masculinas emergentes. La enorme popularidad alcanzada por el programa de CMQ –el de mayor rating nocturno- catapultó a sus ganadores a una súbita fama.

Finalmente, y luego de vencer en las parciales, ganaría la eliminación de eliminaciones y obtendría el primer premio interpretando la canción Pavo Azul, de Ernesto Lecuona la noche del 6 de diciembre de 1938 en la gala celebrada en el Teatro Nacional. A pesar de su voz de soprano y sus dotes interpretativas, según la revista Cinema, ciertas circunstancias la hicieron decantarse por este género: a sugerencia de los directivos de CMQ y de su madre, y también del pianista acompañante David Rendón, cantó un día La Negra Mersé obteniendo tal triunfo ante el público, que en lo adelante tuvo que dedicarse por completo a cultivar este género.

A pesar del éxito alcanzado en La Corte Suprema de CMQ, la revista Bohemia anunciaba en su edición del 26 de marzo de 1939 que Aurora Lincheta, junto a Pilar Bravo y Elsa Arnaiz, han abandonado la CMQ. Transcurre un mes y , la exitosa 'estrella naciente', debuta como artista profesional en el programa Doble Onda, de la radioemisora CMW-COCW, La Voz de las Antillas: el 23 de abril, Bohemia anuncia que Aurora está cantando en Audiciones Exclusivas Piedra junto a la Orquesta Hermanos Lebatard y Zoila Gálvez, entre otros. Este espacio era patrocinado por Exclusivas Piedra, de José Luis Piedra y a la Lincheta se le concede un protagonismo en la publicidad del espacio, junto a Carlos Irigoyen, Conchita Villar y Ramiro Gómez Kemp.

Por esos meses, se presenta también con un rotundo éxito en la emisora CMHI, lo que resulta en un ventajoso contrato para la entonces Cadena Azul de Santa Clara. Luis Carbonell recuerda, inmerso en remembranzas de su adolescencia, la impactante voz de la Lincheta a través de las ondas radiales que llegaban hasta su natal Santiago de Cuba. No duda en calificarla de un fenómeno de popularidad a raíz de La Corte Suprema del Arte.

A las 9 de la noche, exactamente a la hora del famoso cañonazo, se iniciaba el 9 de diciembre 1939 el programa Cadena Partagás de esta misma emisora, que se transmitía regularmente de 9 a 10 pm. Este espacio contó con la participación de Eliseo Grenet y su Orquesta Criolla, y la actuación especial del mexicano Jorge Negrete, quien se encontraba en Cuba, invitado precisamente por Grenet. Ya había visitado La Habana con anterioridad y fueron la emisora CMQ y el Teatro Nacional los escenarios de sus primeros éxitos personales en Cuba. Ahora lo acogía la R.H.C. y contaría con la colaboración de Aurora Lincheta y el llamado Cuadro de la Risa, integrado por Alicia Rico, Alvaro Suárez, Angel Vilches y Luis Ávila, y con el popular animador Humberto de Dios. La actuación de la Lincheta en ese espacio con Negrete y Grenet se repetiría los días 14, 16, 19, 21 y 22 del mismo mes de diciembre.

Jorge Negrete haría esta vez su primera actuación en Cuba el 3 de diciembre, con la zarzuela La Virgen Morena, de Eliseo Grenet y sus actuaciones en los escenarios habaneros contaron con la colaboración de Aurora Lincheta, como fue el caso de la presentación en el Teatro Encanto los días 18 y 19 de ese mes, donde el mexicano se presentó junto la soprano cubana Pilar Arcos, su anfitrión Eliseo Grenet y su orquesta, y la Lincheta.

1939 fue un año estupendo para la hermosa mulata. Además de los éxitos en las emisoras radiales, se le abren las puertas del celuloide: reclamada por la Productora Compañía Habana Industria Cinematográfica (CHIC), integra el elenco del filme cubano-mexicano Ahora seremos felices, dirigida por los norteamericanos William Nolte y Fred Bain, y que sería la primera comedia musical rodada en los estudios CHIC. Ya en marzo, la Lincheta entraba en los estudios y compartiría cartel con los actores principales Juan Arvizu, Mapy Cortés y Pituka de Foronda, y estaría bajo la dirección musical de Rafael Barros. La novel Lincheta tendría que validar lauros junto a músicos muy aclamados ya, como la Orquesta Hermanos Castro, el entonces Septeto Jóvenes del Cayo, el Trío Antillano y la pareja de rumberos conformada por Pablito y Lilón. Aurora cantó Manguito mangüé, acompañada por los Jóvenes del Cayo, y justo podemos verla en los escasos cuarenta minutos que se pudieron recuperar de este importante filme musical.

En su edición del 16 de junio, el crítico Pierre de la Chandeé en la revista Cinema escribía: “La actuación musical de la cantante Aurora Lincheta, los rumberos Pablito y Lilón, la orquesta Hermanos Castro, el Septeto Jóvenes del Cayo y el Trío Antillano, fueron tan convincentemente entremezclados, que hubo necesidad de reconocer una maestría sin igual en esta clase de asuntos”. Ahora seremos felices se estrenó en la sala Radio-Cine el 12 de junio de 1939, pasando después al Payret, el 10 de julio; pero ya para entonces, la Lincheta había sido llamada para otras dos producciones fílmicas: Siboney y Cancionero cubano.

Siboney, dirigida por Juan Orol, quien a su vez asumió el rol principal junto a la tiple Luisa María Morales, la bailarina y actriz Chela Castro, Jorgelina Junco y una desconocida deportista llamada María Antonieta Pons. Para la Lincheta se reservó el rol secundario de Candelaria, interpretando los temas Ay, Candelaria y de Rafael Barros, Melodía del palmar, en una interpretación donde brilla en su condición de soprano. Con filmaciones interrumpidas entre la segunda mitad de 1938 y buena parte de 1939, Siboney tuvo su estreno nacional en el Teatro Campoamor, donde se programó entre los días 9 y 15 de octubre de ese mismo 1939.

La segunda, Cancionero cubano, considerada el primer gran musical fílmico cubano, reunió a una constelación de estrellas de la actuación y la música, unidas por un repertorio de obras de Ernesto Lecuona y dirigidos por Jaime Salvador. Aurora Lincheta figuraba con cantantes de suma popularidad y relevancia como Zoraida Marrero, Jorgelina Junco, Margot Tarraza y María de los Angeles Santana, junto a los actores Alberto Garrido y Federico Piñero. Pero ella misma debió ser ya un fenómeno de popularidad, pues su imagen centraba, junto a la de Lecuona, las promociones que aparecían en la prensa.

Estrenada el 7 de agosto de 1939, también en Radio-Cine, se proyectaría además en Rialto y Payret, debido a la gran popularidad lograda por este filme. En menos de cuatro meses, la Lincheta aparecería en tres producciones cinematográficas que convocarían una y otra vez a público y crítica.

Algunas fuentes señalan que también en 1939, en nuevos sets, se filmaron algunos números interpretados por ella y Zoraida Marrero para la segunda versión del filme Estampas Habaneras como parte de los cambios introducidos ante el fracaso de la primera versión. Las incursiones cinematográficas de la Lincheta han garantizado la presencia de su nombre en todos los textos sobre historia del cine cubano.

El posicionamiento de Aurora en el cine cubano, con estos cuatro momentos, en una década de florecimiento de las casas productoras locales en esta esfera de creación, puede darnos una idea del lugar que, al finalizar la década de los 30, podría haber alcanzado esta muchachita en el panorama musical cubano. Era lógico que, a pesar del meteórico triunfo, y clarificado ya el hecho de que poseía una voz y un estilo muy atendibles, ella buscara referentes y paradigmas en una época donde los conciertos en vivo y las transmisiones radiales eran los medios masivos de comunicación disponibles, además del disco de 78 rpm, aún con escasa difusión a nivel popular.

Pero Aurora Lincheta se encontró con reacciones adversas en este sentido, subrayadas al quedar expuestas las intenciones comerciales competitivas de CMQ, con La Corte Suprema del Arte, respecto a figuras de alto renombre y al ser imposible evitar comparaciones, ni desmontar el destaque de supuestas intenciones imitativas. Ramón Fajardo Estrada en su libro Rita Montaner. Testimonio de una época, comenta:

“Rita Montaner muestra desconfianza ante todo valor que de la noche a la mañana anuncie la propaganda como predestinado a reemplazar a una figura establecida. Hace rechazo explícito al alud de elogios en tono superlativo que acompañan en la radio o en la prensa escrita el debut y las presentaciones de las llamadas estrellas nacientes. Entre éstas se pretende comparar con ella a la joven mulata Aurora Lincheta, quien se da a conocer en 1938 como intérprete de la música afrocubana.” Seguidamente, inserta un testimonio de Julio Vázquez: “A la Lincheta era mejor ni mencionársela (a Rita Montaner), porque no era de amigos la cara que ponía. Rita no resistía que la imitaran ni cantaran las obras que eran creaciones suyas”.

Rita era Rita de Cuba, sin lugar a dudas. Su talento debió ser mucho más grande de lo que nos dejan escuchar las deficientes grabaciones de aquella época y su proyección sobre los escenarios debió ser absolutamente genial como para que, siendo la mulata que era, pudiera ser también la cantante predilecta de Ernesto Lecuona por aquellos años, e imponerse en el arte lírico, ya sabemos que reservado no precisamente a los de su color.

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, julio de 2016.

Foto de Aurora Lincheta tomada de Desmemoriados, donde se pueden ver más fotos de ella.
Ver también: Aurora Lincheta en iTunes;

jueves, 13 de julio de 2017

Miguelito Cuní y la canción Convergencia


Miguelito Cuní (Pinar del Río 1917-La Habana 1984) vivía en una calle que no sé si pertenecía a La Víbora o a Santos Suárez, pero era cerca de la parada que en la década de 1980 tenían las rutas 69 y 79, en Santa Catalina y Heredia. Esas dos rutas nacían en Lawton y morían en Playa. Allí muchas veces lo ví, con su sombrerito, esperando la guagua, como uno más.

Todos los números que cantaba Cuní me gustaban, pero mi preferido era -y sigue siendo- Convergencia, en particular su interpretación a dúo con Pablo Milanés. Con letra de Bienvenido Julián Gutiérrez (La Habana 1900-1966) y música de Marcelino Guerra, Rapindey (Cienfuegos 1912-Alicante 1996), Convergencia fue compuesta en 1938. En 1939, por primera vez, es grabada en Nueva York por el Cuarteto Caney de Machito Grillo, en la voz del puertorriqueño Johnny López.

En 1958, veinte años después de su creación, la graba Miguelito Cuní y su Septeto (con Niño Rivera en el tres) y aparece en el disco Sones de Ayer, que en este link pueden escuchar completo. Los arreglos para la versión en bolero que interpretó Pablo Milanés fueron realizados por Emiliano Salvador (Puerto Padre, 1951-1992).


Convergencia es una joya de la música tradicional cubana. Es un poema cantado:

Aurora de rosa en amanecer,
Nota melosa que gimió el violín,
novelesco insomnio do vivió el amor,
así eres tú, mujer,
principio y fin de la ilusión,
así eres tú en mi corazón,
así vas tú, de inspiración.
Madero de nave que naufragó,
Piedra rodando sobre sí misma,
alma doliente, vagando a solas,
de playas olas, así soy yo,
la línea recta que convergió
porque la tuya al final vivió.


Interpretada por Pablo Milanés, Son homenaje a Miguelito Cuní es de Juan Almeida Bosque (La Habana 1927-2009), el único alto militar cubano que también fue músico y compositor. Canciones suyas han sido recogidas en 19 discos.

Entre los números más populares de Almeida se encuentran: La Lupe, dedicada a la Virgen de Guadalupe, que se hizo famosa en la voz de Amelita Frades, pero en YouTube encontré una versión por Silvio Rodríguez; Dame un traguito, convertida en un hit por el Conjunto Sierra Maestra y su cantante José Antonio Rodríguez, quien en 2005 falleció de un infarto en Copenhague, cuando se encontraban de gira por Europa; y Esa mujer, uno de los grandes éxitos del venezolano Oscar D'León. Más sobre la vida musical de Juan Almeida.

Se recomienda leer Miguelito Cuní, solo su nombre, excelente investigación de Rosa Marquetti en su blog Desmemoriados. Historias de la música cubana.

Tania Quintero

Nota.-Además de Juan Almeida, otro caso poco común de autores musicales dentro de la política y en particular de un partido comunista, como el antiguo Partido Socialista Popular, ha sido el de Zoila Castellanos, luchadora por los derechos de los trabajadores. Zoila fue la segunda esposa del líder sindical Lázaro Peña y su nombre artístico era Tania Castellanos. En 2010, la compositora Marta Valdés recordaba a la Castellanos.

Entre sus canciones más conocidas se encuentran En nosotros, que entre otros, ha sido interpretada por Olga Guillot, Lucho Gatica y Pablo Milanés; Recordaré tu boca, por Omara Portuondo, acompañada al piano por Chucho Valdés, y Me encontrarás, por Rosita Fornés, aunque la mejor interpretación era la de Moraima Secada, pero en YouTube son pésimos los audios subidos.



lunes, 10 de julio de 2017

Eusebia Cosme: píntame angelitos negros



“En fotografía y desde España, Eusebia Come me pareció una empinada ola negra, una especie de Josefinita Baker de la declamación desgarrada. Cuando vine a Cuba y la vi ‘en presencia y figura’, vi que lo mulato auténtico era también suave y delicioso, deslizante, escapado, vi que Eusebia Cosme era la rosa canela cultivada".

Quien así escribe es el autor de Platero y yo, el Nobel español Juan Ramón Jiménez. La descarga lo lanza al ruedo con la palabra al costado. Comienza el viaje, de la impresión al papel; pero su mirada se adelanta, diríase que escudriña. Habla un poeta y no hay que olvidarlo, los poetas son seres visionarios:

“El futuro humano y estético de Eusebia Cosme está en mantenerse en el tallo verde de su tierra libre, al aire siempre vivo y puro, con vida negra y pureza propia; en no soportar el mal ejemplo del recitador obtuso ni el mimo del dengue blanco” .

Nacida en Santiago de Cuba el 5 de diciembre de 1911, Eusebia Cosme se crió en la quinta del abogado Luis Fernández Marcané, en el poblado de San Vicente. Su madre trabajaba de doméstica en el lugar y la niña Eusebia recibió estudios y aliento en aquella familia. Ellos fueron sus primeros patrocinadores, sus primeros espectadores.

Todo hace indicar que su debut tuvo lugar en su natal Santiago de Cuba en 1930, hasta que decide trasladarse a La Habana, donde continúa estudios. Ya en 1933 se presenta con sonado éxito en el teatro Payret, y un año después, en el Lyceum. Imposible pasar por alto las palabras de Fernando Ortiz, porque un investigador de su estatura no resulta pródigo en elogios. Aquella recitadora lo había convencido:

“Eusebia Cosme es una artista del decir verdadero y bello, que siente y hace su arte; el arte de recitar versos y poesías del alma, de ritmo y, a veces, hasta de melodías mulatas. Y lo hace con tal espontánea maestría, con tal ingenua seguridad que viene a señalar un momento nuevo en la historia de las expresiones estéticas de nuestro pueblo” .

Que su carrera fue meteórica durante esa década lo atestigua el otorgamiento por el Ayuntamiento de Santiago de Cuba de la condición de Hija Predilecta; sus giras por Venezuela, Puerto Rico, Santo Domingo y Haití; sus actuaciones en los Estados Unidos. La escritora Sonia Dimitrowna intentó retener una de sus descargas:

“En el Carnegie Hall, el suntuoso coliseo donde durante muchos años han desfilado todas las grandes celebridades mundiales, Eusebia Cosme ha sido consagrada con el gesto preciso, sin caer en exageraciones, fue desgranando los poemas… El dolor del negro esclavo… La lujuria de la negra Macorina… La superstición... Tiene ella el don de transmitir al auditorio el escalofrío de la emoción”.

Me perdonan el abuso de la fuente testimonial. Resulta inexcusable, cuando no se dispone de grabaciones de estos recitales poéticos para dar juicio propio. Tal vez estén, al menos su voz. No hay que olvidar que la Cosme fija residencia en Nueva York en 1940 y que allí mantendrá un programa exclusivo, Eusebia Cosme Show, en la Columbia Broadcasting System (CBS), donde llovían las cartas.

Al hablar de los recitales de Eusebia Cosme, muchos acuden a la descripción de sus batas coloridas y pañuelos, los gestos, las argollas. Se remarca su carácter de rumbera, su efecto mágico, sus movimientos reptantes, su enigma en la dicción.

Todos parecieran escribir de ella: Ramón Becali, Joaquín G. Santana, Zenobia Camprubí, Nicolás Guillén, Germinal Barral López (Don Galaor), María Garret, Manolo Sabater, Jesús Sabourín, Helvio Corona, Modesto Júztiz Mozo, Félix B. Caignet, Pablo Armando Fernández, José María Chacón y Calvo, Emilio Ballagas…

No hay que ser ajenos, sin embargo, a las consideraciones de algunos acerca de la interpretación de la poesía negra, negrista, afrocubana o afroantillana. Esta se veía marcada -consideraban-, por la caricatura, la imitación, el desborde. Se palpa la tensión entre el folclor de lo negro y el drama de esa raza, entre el ritual y la reafirmación.

Irremediablemente, la Cosme se ve atrapada en esa atmósfera, que a mi modo de ver mezclaba consideraciones ideológicas con criterios estéticos, y seguramente también su tinte de prejuicio. En cualquier caso, impresiona que varios poetas le dediquen sus obras, como el cubano Nicolás Guillén (Balada del güije o Sabás) y el venezolano Andrés Eloy Blanco (Píntame angelitos negros, por solo citar algunos de los más conocidos. Estos poemas son parte integrante del repertorio que llevará hasta sus recitales en el Town Hall de la Gran Manzana y a centros culturales, universidades y salones de América.

Hemos tenido acceso a un estudio de la Universidad Fluminense de Brasil que remarca que “el repertorio de Cosme irá adquiriendo progresivamente un carácter realmente continental. En efecto, aun cuando sea presentado como ‘recital de poemas afrocubanos’ (Universidad Michoacana, Morelia, México, 18 de mayo de 1940, por ejemplo), su repertorio de 1934 a 1946 incluye regularmente poetas cubanos, puertorriqueños, venezolanos, estadounidenses...”.

En 1953, la afamada recitadora cubana se pasea por toda Cuba, tributo de su arte al centenario del natalicio de José Martí. El teatro Auditorium de La Habana y la Universidad de Oriente le aplauden. En su ciudad natal, es presentada por el rector, José Antonio Portuondo, tras lo cual comienza con Elogio de un poeta a su isla antillana (Ernesto Víctor Matute). Aquella jornada incluyó Rumba de la negra Pancha, del propio Portuondo, Canción de cuna de la negra esclava (Regino Boti), Sensemayá (Nicolás Guillén), El agua medicinal (Emilio Ballagas), así como piezas del español Alfonso Camín, el boricua Luis Pales Matos, y por supuesto, los angelitos negros de Eloy Blanco. Era su gran cierre.

Eusebia Cosme incluyó a jóvenes talentos, pero su selección resultaba rigurosamente diseñada para su estilo y propósitos. Además de los ya mencionados, solía escoger obras del brasileño Jorge de Lima, autor de Esa Negra Fuló; los cubanos Regino Pedroso, Ignacio Villa, Plácido, Hilda Perera Soto y Lydia Cabrera; el colombiano Jorge Artel, el nicaragüense Rubén Darío, el venezolano Miguel Otero Silva y los norteamericanos Langston Hughes, Elinor Wylie, Joseph Cotten, James Weldon Johnson, algunos de los cuales redescubrió.

Artista integral, poseía formación musical, actoral, pictórica. Sus necesidades creativas la llevaron al teatro, la enseñanza, la televisión y el cine. En 1964 aparece en el filme El prestamista, de Sydnet Lumet, como la señora Ortiz; pero será dos años más tarde que llegará su papel más recordado. Encarna a la sufrida y fiel sirvienta Mamá Dolores en la versión mexicana de la celebérrima El derecho de nacer, de Félix B. Caignet, bajo la dirección de Tito Davison.


Buena acogida recibirá asimismo Flores blancas para mi hermana negra (Abel Salazar, 1970), drama que protagonizará junto a Libertad Lamarque. Sus años en tierra azteca cimentarán la trayectoria de una vida hermosa, cuyo ciclo cerrará en Miami el 11 de julio de 1976, cuando hacía escala camino a su casa en Nueva York.

Me asomo perplejo ante esas cintas. Eusebia Cosme se me aparece, ¡por fin! Busco las reminiscencias de la declamadora, me aferro a cualquier gesto, voy a sus manos una y otra vez. La escucho extático, pero la capa del tiempo se interpone, ya insalvable.

Voy a confesar algo: he preguntado quién era Eusebia Cosme y unos pocos me han respondido. Es una gran olvidada.

Por eso, la publicación de Eusebia Cosme, la rosa canela (Ediciones Caserón, UNEAC Santiago de Cuba, 2013), ha de inscribirse como un rescate. Aunque no la única fuente, ha sido esa compilación de Nydia Sarabia, eje e inspiración para este artículo. Sea pues, un doble homenaje.

“Su estilo, su arte, su profesionalismo no puede quedarse en el olvido. La presencia de Eusebia Cosme sirve y servirá para el estudio de lo real y virtual que nos acerca a un mundo de problemas étnicos o racistas, éticos y de identidad, que nos brinda la posibilidad de debatir toda una etapa, casi virgen, para los estudios de extraordinarias mujeres, cuyo color no les impidió enraizarse hacia la historia de un arte, nacido de un cruce entre lo español y lo africano”.

Reinaldo Cedeño Pineda
La Jiribilla, octubre de 2016.

Foto: Eusebia Cosme. Tomada de Mujeres en la vida de Gonzáletz Marín. Publicada en abril de 2014 en el blog de Francisco Baquero Luque. Por su interés, copiamos el pie de foto:

"Eusebia Cosme, la criolla cubana que José González Marín descubrió para la canción y el recitado y la apoyó, llegando a ser una gran figura artística en toda Iberoamérica. Tuvo una larga y entrañable amistad con nuestro rapsoda, con Imperio Argentina y con el Príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Batemberg. Ella fue el alma de la celebración del Día de la Virgen de los Remedios y su procesión en La Habana el 23 de abril de 1937, fecha de la foto. Que se recuerde, ese fue el único año que Cártama (pueblo de Málaga, Andalucía) no ha celebrado el día de su Patrona: se celebró en Cuba. Eusebia realizó después una gira por España y vino a Cártama, a cantarle a la Virgen, hacia la cual desde entonces le nació una gran devoción. Era una mujer de una dulzura exquisita que se acentuaba cuando recitaba, saliéndole a relucir todos sus ancestros negroides, según testimonios fidedignos. González Marín la cita mucho en las crónicas de la época que se conservan".

Por este otro post de 2011, nos enteramos que Eusebia Cosme no solo mantuvo su amistad con González Marín, si no en más de una ocasión viajó a Cártama.

jueves, 6 de julio de 2017

A 30 años de la muerte de mi abuelo Blas Roca



Me encontré con un vecino, hijo de un general, que me preguntó por qué me metí en "esa mierda", o sea, ser periodista independiente y opositor al gobierno. Le respondí con tranquilidad y respeto.

"Mira, le dije, sobre la mesa del comedor tengo los periódicos de toda una semana. No he podido sentarme a revisar 'el mentiroso', como le dicen al parcializado Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, un periódico que responde a los intereses de sus integrantes y no del pueblo cubano. El correspondiente al jueves 27 de abril, en primera plana con grandes letras dice Recuerdan al líder comunista Blas Roca Calderío. Esto me sorprendió porque en los treina años de su fallecimiento, el 25 de abril de 1987, nunca habían recordado el su muerte y menos en primera plana".

Después de hablar con el vecino, ya en mi casa, no pude evitar que se me agolparan infinidad de recuerdos. En 1980, en pleno éxodo migratorio del Mariel, yo me encontraba pasando el Servicio Militar Obligatorio en Tropas Guardafronteras. La Griffin, lancha interceptora en el que navegaba como electro navegante, tuvo que varar para hacer reparaciones en Casablanca, en el Puerto de la Habana.

Allí ví como un hombre que presuntamente quería abandonar el país casi fue asesinado por una multitud de personas. Quedé muy impresionado y traté de que no le dieran más y casi me matan a mí también. Cuando llegué a mi casa, estaba mi abuelo Blas. Le conté lo sucedido y me dijo: “Usted hizo bien, no puede permitir que esas cosas sucedan, ésos son métodos fascistas".

Mis abuelos fueron quienes me criaron. Siempre me decían que yo sería lo que fuera capaz de lograr, sin maltratar, sin hacer malas acciones ni guataquearle a nadie, que cualquiera que fueran mis criterios e ideales, los defendiera con firmeza. Nunca me dijeron que tenía que ser comunista porque ellos lo eran. Me inculcaron la libertad de pensamiento, recalcando que ése era un derecho que tenemos todos los seres humanos al nacer.

Por mis abuelos, Dulce y Blas, conocí la Constitución de 1940, de cómo trabajaron y lucharon para que fuera un referente y una de las más avanzadas de su tiempo, a la altura de los países más desarrollados. Me contaban que el PSP (Partido Socialista Popular) tenía un periódico llamado Hoy y una emisora de radio conocida, la Mil Diez, y que sus afiliados tenían derecho a clínicas mutualistas como el Centro Benéfico Jurídico y las mujeres embarazadas a atenderse y dar a luz en el hospital Maternidad Obrera de Marianao. Por ellos supe de personas que a pesar de ser de diferentes partidos e ideologías, podían ser buenos amigos al punto de arriesgar todo, por defenderlos y librarlos del fusilamiento por venir en la invasión de Playa Girón.

Viví como ellos lo hacían, con sencillez y austeridad. Como era el nieto mayor, ayudaba a mi abuela Dulce a cargar los mandados de la bodega, que por la libreta correspondía a nuestro núcleo familiar, compuesto por 13 personas. Todos vivíamos juntos en la misma casa y fui testigo de cómo los Castro le proponían a mis abuelos que se dieran una buena vida, algo que ellos siempre declinaron.

Sufrí el divorcio de mis abuelos, un matrimonio de más de 50 años. Una separación con la anuencia de Raúl Castro, para casarlo con su secretaria, boda a la que por la familia solo asistió mi tío Vladimiro Roca. Pudieron disolver una unión de medio siglo porque mi abuelo, debido a un derrame cerebrovascular, no estaba en condiciones mentales óptimas.

Una vez divorciada mi abuela, para ella y para nosotros, vinieron muchos años de humillación y desprecio. Éramos como la peste. Donde quiera que llegábamos se nos miraba con desprecio.

Fue la forma que encontraron para acabar con la imagen y el prestigio de mi abuelo Blas Roca: separarlo de su esposa y su familia. Cuando murió, me indignó que lo velaran con tanta fanfarria en la base del Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, porque mi abuelo siempre quiso y lo dejó escrito, que lo enterraran en la tierra, en el patio de su casa, algo sencillo, sin tanta cosa. Aunque me hora que hoy descanse en el Cacahual, donde mismo reposa un hombre tan honorable como Antonio Maceo.

El día que nos avisaron que mi abuelo había muerto, mi abuela Dulce, sin una lágrima y sin quebrársele la voz, nos dijo: "Vistánse, que vamos para el velorio de su abuelo". Allá nos fuimos, mi abuela muy digna y con su frente muy alta, se sentó al lado del féretro para darle el ultimo adiós. Fidel y Raúl Castro me llamaron, para pedirme que llevara a mi abuela para la casa. Les contesté que si tenían valor, que se lo dijeran ellos personalmente.

En octubre de 1987 se creó el Contingente Blas Roca y allí también nos fuimos, con la frente en alto. Íbamos todos los domingos hasta que mi abuela enfermó. Fidel no llegaba hasta que nosotros ya nos hubiéramos ido. Trataron de disuadirnos para que no fuéramos domingo tras domingo, tuvieron que llevarnos a otras brigadas para que no coincidiéramos con Fidel en la dirección del contingente.

Así ha sido nuestra vida. Nos hemos curtido en las adversidades. Por eso la gente del pueblo nos tiene un especial cariño. Ha sido la forma de enfrentarnos, imponiéndonos, haciéndonos presentes ante aquéllos que quieren que nos trague la tierra.

Por eso elegí ser periodista independiente y opositor a la dictadura castrista.

El dolor no puede ocupar el lugar de mi corazón. Le doy gracias a Dios por haberme dado abuelos como ellos. Pero quienes piensan que por ser nieto de Blas Roca y Dulce Antúnez, yo pueda ser agente de la Seguridad del Estado, en buen cubano les digo: “Me lo paso por mi velludo y arrugado forro”.

Lázaro Yuri Valle Roca
Nuevo Vedado, 29 de abril de 2017.
Foto: Blas Roca Calderío y su esposa Dulce María Antúnez Aragón, abuelos de Yuri. Tomada de su blog, donde se pueden ver otras fotos familiares.
Leer también: Mi tía Dulce, primera parte y segunda parte y final.

lunes, 3 de julio de 2017

Otra foto de Gilberto Ante



Las imágenes de Gilberto Ante, fotógrafo con quien trabajé en la revista Bohemia, publicadas en este post, fueron enviadas por su hijo Antonio y muestran a un Gilberto cuando era un hombre valorado en su profesión y, sobre todo, feliz con la vida, los hijos, la familia...

La imagen que ahora publico, me la envió Évora Tamayo, ex humorista del semanario Palante y amiga de Ante. En un email, Évora me contó algunas cosas que me gustaría compartir con ustedes.

"Tania, Gilberto trabajó en Palante a principios de los 80, cuando lo castigaron, condenándolo a hacer fotocopias de caricaturas. No más fotografía para él. En eso consistía el castigo. Una especie de tortura china, que no te mata, pero te enloquece.

"Una labor inútil para Gilberto Ante, un señor fotógrafo, con una historia que tú y yo conocíamos. Fueron malos con Gilberto. Le dieron donde más le dolía, pues a ello se sumaba el dolor por la enfermedad y pérdida de un hijo. Fueron unos hijos de puta.

"En esa foto está sin camisa, por el excesivo calor. No era su estilo andar así. Pero metido en aquel fétido cuarto oscuro, con un aire acondicionado en estado terminal, tenía que quitarse la camisa para poder trabajar. Gilberto siempre se vestía con camisas o guayaberas impolutas.

"Para poder sobrevivir, Gilberto tiraba fotos en Tropicana, tenía un laboratorio donde enseguida las revelaba y al momento se las entregaba a las personas, muchas eran parejas. También hacía fotos en el Salón Mambí de Tropicana. Un cuentapropista".

Tania Quintero
Leer también: Gilberto Ante, un fotógrafo olvidado: 1ra. parte; 2da. parte y 3ra. parte y final.

jueves, 29 de junio de 2017

Mi padre, mi tío Ismael y mi abuela Hortensia



Mi padre murió de un ataque masivo al corazón a los 60 años, un domingo 7 de septiembre. Padecía de hipertrofia del corazón. Lo habían tratado en la Cruz Roja.

Hoy estuve pensando en eso y por primera vez sentí compasión de la vida que tuvo que llevar. Trabajó veinte años de cobrador de cuotas mensuales para la Clínica La Bondad, en la Calzada del Cerro, cuya oficina inicialmente estuvo en la calle Tejadillo, en la Habana Vieja. Él estaba a cargo de la zona del Vedado, lo que representaba todo un día laboral recorriendo las calles del Vedado a pie, de traje y corbata, al sol: por aquellos años casi nadie tenía carro. Tampoco tenían una caja de retiro profesional a la que contribuir que proveyera una pensión cuando se retiraran.

Hacía dos años y medio le habían diagnostiado lo que llamaban "corazón de toro", que era demasiado grande para la cavidad torácica y estaba oprimiéndole los pulmones. El médico de la Cruz Roja Cubana, que radicaba en la calle Zulueta, le recetó Cuajaní Jordán con Efedrina, que lo empeoró.

Su padre, mi abuelo, era español y había sido voluntario en el ejército durante 17 años, el hermano mayor se hizo abogado y fue el único que tuvo carrera universitaria. Mi padre trabajó de cobrador en la policlínica desde los 40 hasta que murió. Era inteligente, sensato, responsable y trabajador. Nunca supe de qué trabajó los primeros veinte años, desde la adolescencia hasta que conoció en la oficina de Tejadillo a mi madre. Ella me contaba que él había conocido toda la Isla de un cabo a la otra punta. Leía mucho.

Fue representante de unos relojes alemanes Banjo de pared con péndulo y Tambour de mesilla, y al perder toda su inversión en ellos, se volvió muy escéptico. Tuvo la paciencia de enseñarme el alfabeto a los tres años con tronquitos de madera. A los cuatro, hacía conmigo los juegos en el suplemento dominical El País Gráfico, de conectar los números a revelar la figura.

Había trabajado hasta el día anterior, sábado, y esa mañana bajó a buscar el periódico y cayó muerto detrás de la puerta de la calle. Lo recuerdo, tenía cinco años y medio. Mi cuna estaba en la habitación de ellos, contra la pared. Entre mi mamá y el vecino español de los bajos lo trajeron para la cama, y yo me viré hacia la pared y entre las varitas de la barandilla apreté los ojos. Sabía lo que estaba pasando y no he olvidado nunca la impresión ni mis pensamientos.

Razono. Tenía que ser así, habría tenido que trabajar toda su vida, no hubiera podido descansar. Le pido perdón por no haber cavilado antes sobre eso.

Mi tío Ismael

Mi tío Ismael, el mayor materno, fue lo más semejante a una figura paterna que tuve de niña. Era de baja estatura, tenía la nariz fina y recta, escrupuloso. De los seis a los diez años, yo me le sentaba en las piernas y decía que le contaba las canas. Cuando él no quería que le arrugara la raya de los pantalones recién planchados, encendía un tabaco.

Tendría yo seis años cuando se mudaron para una casa a cuatro puertas de nosotras. Tenía plantas de cactus en los poyos de las ventanas, flor de mármol azulosa en macetas colgantes de loza verde y helecho cinta en la galería, y en el cantero del traspatio, claveles, que regaba e injertaba, matizados. Allí pasé con ellos un ciclón cuando tenía ocho años. Era presumido, usaba una sortija con un rosetón redondo de chispas de brillante y un sortijón con un aguamarina; se mezclaba su propio perfume, individual, oscuro, que guardaba en un pomo tallado cuadrado con tapa de cristal en el chifforobe.

Era corredor de aduanas, tenía su oficina en la calle Aguiar entre Amargura y Teniente Rey. Tenía fama entre sus colegas de honesto. Era formal, caballeroso, correcto. Le gustaba tener reuniones en su casa y usaba todas las ocasiones festivas, Nochebuena, su santo, para celebrar, e invitaba a toda la familia. Cuando celebraba uno de esos festejos, preparaba un jamón en dulce, que 'planchaba' con una plancha de hierro y azúcar.

Tenía un surtido de licores cordiales, anís, apricot, crema de cacao, crema de menta, Cointreau. Y una colección de jarras de cerveza y de tapas de botellas de bebida, cabezas de caballo, cascos, sombreros, musicales, que guardaba en la vitrina y les enseñaba con orgullo a los visitantes. Cuando se habían tomado unas copas, cantaban "Yo te daré, te daré, niña hermosa, una cosa que yo solo sé, café". Tenía un encendedor como un timón de barco. Había platos de metal dorado a relieve en el comedor, elefantes con la trompa en alto, y un colmillo de elefante con una aldea china tallada en el marfil.

Por un tiempo, el ómnibus de la escuela me dejaba en su casa por las tardes, y a veces comía allí. Los platos eran de colores enteros, vivos, marrón, azul marino, verde. Recuerdo que dirigía los sobres, en una letra muy bonita, anticuadamente el título solo en una línea arriba a la izquierda y después indentándolo un poco en la próxima línea, el nombre del destinatario. Le ponía un acento a la preposición a.

En aquellas reuniones se me permitía probar los licores dulces, a mí me gustaba en particular la crema de cacao. Una vez en su casa, teniendo unos diez años, fui pidiéndole a cada familiar un poco de licor, cada uno creía que él era el único que me había dado a tomar y después de un rato, me fui para mi casa, a cuatro puertas, escribí una nota que le dejé a mi madre sobre la mesa de comer: "Estoy jalada, tengo hasta hipo" y me acosté. Cuando mi madre se dio cuenta de mi ausencia, me buscó, fue hasta la casa, me encontró durmiendo y regresó con la nota, que le enseñó a los familiares.

Me decía mi madre que mi tío Ismael había estudiado en el Centro Escolar de la Asociación de Dependientes del Comercio. Había anotado celosamente datos de la familia Bello en una libreta, y, cuando comencé a interesarme en mis tíos, él me los facilitó. Recuerdo los apellidos de un par de colegas que yo le oía mencionar a menudo, Pita y Cobo. Cuando una vez le dieron dinero de más en el banco, caminó las cuatro cuadras para ir a devolverlo.

Su hijo, mi primo, que había estado estudiando para arquitecto, fue a trabajar con él y se hizo cargo de los clientes mas nuevos del aeropuerto, mientras mi tío atendía a los antiguos del puerto marítimo. Tres descendientes llevan su nombre, su bisnieto se llama Ismael Javier Bello IV.

Cuando mi tío Ismael tendría unos 16 años, la familia vivía en la calle Salud entre Marqués González y Oquendo. Él era novio de una muchacha vecina, Mercedes Torroella Rooney, de madre irlandesa, que se oponía a las relaciones, porque quería que la hija se casara con un español que tuviera dinero. Era rubia, de ojos verdes, se apodaba Cheché. La familia se mudó para la calle Primelles, en el reparto Las Cañas, en El Cerro y cuando Cheché no supo de Ismael, fue a la casa acompañada de la sirvienta a verlo. Mi abuela María Hortensia se escandalizó de que una muchacha fuera a la casa de un hombre con la criada.

Mi tío también conoció a otra muchacha vecina, que vivía a cuatro cuadras entre la Calzada del Cerro y San Cristóbal. Se llamaba Rosario Ríos, rubia, de ojos verdes, apodada Chicha. Al cabo del tiempo pidió su mano, se casaron y tuvieron un hijo. Vivieron en la calle San Benigno, en Santos Suárez. Después de 28 años de matrimonio, Chicha murió.

Un día, mi tío le anunció a la familia que traía a una amiga a la casa para que la conocieran. Recuerdo que ese día apareció una señora canosa, acompañada de una amiga. Era Cheché. Habían pasado 31 años. Ella había estado casada y tenido una hija. El hijo de Ismael, mi primo, ya se había casado.

Mi tío y Cheché se casaron, fueron a pasar la luna de miel en New York y se mudaron para la misma casa, en la calle Salud, donde ella había estado viviendo todo el tiempo, porque su madre, Mary, se había quedado ciega y conocía la casa. La irlandesa ahora lo apreciaba mucho. Estuvieron casados 17 años, hasta que mi tío falleció.

Mi abuela Hortensia

Mi abuela materna vivía con su hija menor, Cuca, mi tía más joven. Mi abuelo había muerto siendo yo muy chica. Cuando mi tía se casó, fueron a vivir ella y su esposo Paco, con mi abuela Hortensia, primero en la calle Goicuría esquina a Pasaje Norte y después en San Benigno entre Correa y Encarnación, acera oeste, en Santos Suárez.

Cuando mi padre falleció, un domingo 7 de septiembre, el 24 de ese mismo mes, mi mamá y yo fuimos a vivir al doblar de ellos, en la calle Correa entre San Benigno y Flores, acera sur, con una prima de mi padre, Carolina, mayor y su hijo adulto Carlos.

Mi abuela era delgada, tenía las uñas largas, siempre usaba medias, era míope, le gustaba leer los muñequitos y se acercaba mucho la página del periódico a la cara. Había tenido cinco hijos. Había sido pelirroja, pecosa, de ojos verdes, tenía un lunar de sangre en la córnea de un ojo. Era muy religiosa, muy limpia y tenía un gusto muy refinado, en ropa, prendas, muebles. Era experta en crotos y sus diversas especies: grano de oro, pata de gallo, cola de gallo, matizado, entorchado, fideo, batik.

Mi tía Cuca, mi madrina, murió de parto el domingo 11 de enero después de haber dado a luz una niña, Ruth. Al principio, mi abuela fue a vivir con nosotras. Como tenía un juego de cuarto grande de caoba con cama camera y escaparate de tres cuerpos con luna de cuerpo entero en la hoja del centro, se le cedió a ella la habitación más grande y mi madre y yo pasamos a una mas chica, al fondo, con ventana al traspatio.

Mi abuela me regaló un columpio doble de madera de portal. Mientras mi madrina vivía, yo me acercaba bastante a mi abuela, le decía "Agüela", y no recuerdo tenerle temor. Al morir su hija menor, mi abuela cayó en una depresión profunda y pasaba la mayor parte del tiempo acostada, con el cuarto sin ventanas en tinieblas, emitiendo quejidos lastimeros. Mi madre no me dejaba entrar a su habitación. Me decía que a mi abuela no le gustaban los niños, que opinaba que yo era muy majadera, que siempre estaba con que yo tenía el pelo muy pobre y le tomé un poco de miedo. Aquel dormitorio se quedó en mi memoria siempre a oscuras.

Carlos, el hijo de mi prima segunda, me enseñó el reloj, para que pudiera entrar al segundo grado. Un día le dio un arrebato de locura, oí decir que le tiró una azucarera a la madre por la cabeza. Se lo llevaron con camisa de fuerza para un sanatorio para enfermedades nerviosas, no sé si el Galigarcía y su madre, mi prima paterna, se mudó para una habitación en una casa de la acera de enfrente.

A mi abuela la mudaron para un apartamento en la calle Lacret entre Cortina y Figueroa o Juan Bruno Zayas, acera noreste, entre los números 304 y 396. Mi madre y yo nos pasamos para la habitación que Carolina y su hijo habían ocupado, que quedaba más al frente y era más clara. Por otros diecisiete años más, dormí en la misma habitación que mi madre. Cuando mi mamá me recogía en la escuela por las tardes, casi siempre veníamos a pie por la calle Cortina y parábamos en casa de mi abuela. Ella tendía a no sostener la cabeza muy erecta, decían que desde que le habían extraído líquido céfalo-raquídeo para un análisis. Yo la veía de lejos moviéndose en la habitación, pero mi madre no me dejaba acercármele.

Dos compañeras de la escuela, Onelia y Zoraida Soto, vivían en la acera de enfrente y yo me quedaba mientras jugando en la calle, que en aquella época no estaba asfaltada y tenía muy poco tránsito de vehículos, a la rueda y otros juegos, con ellas dos y otras niñas de la cuadra. Algunas compañeras de escuela decían que mi abuela estaba loca, no sabía si sería verdad, el tema me sobrecogía y no me atrevía a aludirlo. Mi primo mayor, Ismaelito, que estuvo mucho mas apegado a ella, le decía "Bebela", mi tía Nohemia le decía "Mere".

Mi abuela murió en el mes de abril teniendo yo ocho años, de algún padecimiento renal. Debe haber tenido alrededor de 69 años de edad, más o menos. Mis primos Cuquita y Julito tenían dos años y siete meses respectivamente cuando ella murió.

Mi tío mayor, Ismael, me dio las prendas que había dejado: un "semanario" de siete pulsos, un par de aretes con una hormiga grabada con un rubí y dos brillanticos, y una sortija que llamaban "viuda", con una franja de esmalte negro, y a los once años, quise que me abrieran las orejas,para poder ponerme los aretes, que aún conservo.

Zilia L. Laje
Foto: Tomada de Deco y Diseño.

Cuatro aclaraciones de Tania Quintero

1) Según el periodista Ciro Bianchi Ross, la clínica La Bondad se ubicaba en el número 1263 de la Calzada del Cerro y se tenía como la decana de las casas de salud del país.

2) Cuajaní es el nombre de un árbol y en Cuba se fabricaban dos patentes: Cuajaní Jodán, por un farmacéutico de Mariel, y Ahogo, que se elaboraba en la farmacia del doctor Campos en Bejucal.

3) El jarabe Cuajaní Jordán, con o sin Efedrina, era muy popular en Cuba en la década de 1940-50. Un comercial decía: "Del catarro a la tuberculosis no hay más que un paso, tome Cuajaní Jordán con Efedrina". Desde niña padecí de bronquitis asmática y siempre me trató el Dr. Labordette, un pediatra negro del Hospital Infantil que por el apellido debe haber sido descendiente de haitianos. Pero no recuerdo si alguna vez me indicó Cuajaní Jordán y si no me lo recetó, mi madre no debe habérmelo dado por su cuenta, pues ella, como buena guajira de Sancti Spiritus, prefería los remedios naturales. Cuando tuve tos ferina, me la curó con 'remolacha al sereno'. La receta, más barata y fácil no podía ser: antes de acostarse, lavaba bajo la pila una remolacha, la cortaba en ruedas, las ponía en un plato hondo de peltre y las dejaba toda la noche en el borde del balcón (vivíamos en un segundo piso). Por la mañana, en ayunas, me hacía beber el zumo que había soltado la remolacha durante toda la madrugada.

4) José Felipe Galigarcía Hernández, neuropsiquiatra matancero, fue uno de los fundadores del Sanatorio Doctor Galigarcía, inaugurado en 1928, en la antigua finca Kokoito, en Aldabó, Boyeros, hoy uno de los quince municipios de La Habana. Actualmente en el lugar radica el Servicio de Psiquiatría del Hospital General Docente Enrique Cabrera. El fallecimiento del doctor Galigarcía en 2004 era recordado en un artículo publicado en la revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana.


lunes, 26 de junio de 2017

50 años de la Orquesta Cubana de Música Moderna


El pasado mes de abril se cumplieron 50 años de la creación, en 1967, de la Orquesta Cubana de Música Moderna.

Pareció insólita la orientación de los comisarios comunistas que regían la cultura de crear aquella big band con permiso para tocar jazz. Desde hacía más de siete años, el rock and roll, el jazz y toda la música norteamericana y anglosajona en general, habían sido proscritas en Cuba.

Como sus mentores soviéticos, los comisarios consideraban que era la música del enemigo, decadente, enajenante y que servía “vehículos de penetración ideológica para socavar el socialismo”.

Pero luego de varios años de ridículas prohibiciones, que llegaron al extremo de considerar la guitarra eléctrica y el saxofón como “instrumentos imperialistas” y a sus intérpretes como “colonizados y penetrados culturales”, los comisarios parecían haber cambiado de opinión respecto al jazz y permitían tocarlo, siempre que estuviera mezclado con la música cubana.

A los directores Rafael Somavilla y Armando Romeu les encargaron reunir a los mejores músicos del país para conformar lo que sería la Orquesta Cubana de Música Moderna. Somavilla y Romeu, que dejó la orquesta del cabaret Tropicana, fueron a buscar al pianista Chucho Valdés y al guitarrista Carlos Emilio Morales al Teatro Musical de La Habana, a Pucho Escalante, el percusionista Oscar Valdés y el baterista Guillermo Barreto a la orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión, al bajista Cachaíto y a Luis Escalante, a la Orquesta Sinfónica Nacional, y al saxofonista Paquito D’ Rivera lo rescataron de la banda de música de las FAR donde cumplía el Servicio Militar Obligatorio.

La primera presentación de la Orquesta de Música Moderna fue en junio de 1967, en un campamento de trabajo agrícola en Guane, Pinar del Río. Unos días después actuarían en un abarrotado teatro Amadeo Roldán. Luego, grabaron un disco de larga duración en la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM). Entre otras piezas, el disco contenía Misa Negra, la más emblemática composición de Chucho Valdés, y Pastilla de menta, una versión de One Mint Julep, de Ray Charles, que tuvo enorme éxito entre un público que ya estaba hastiado de tanto Pello El Afrokán con su Mozambique y su María Caracoles.


La orquesta ensayó febrilmente para presentarse en el pabellón cubano de la Expo 67 en Montreal, pero finalmente, a varios de los mejores músicos de la orquesta no les permitieron viajar a Canadá. Temían que “desertaran”.

Con Chucho Valdés, Paquito D’ Rivera, Cachaíto, Carlos Emilio Morales y Enrique Plá utilizaron el pretexto de que eran necesarios para integrar el Quinteto Cubano de Jazz y que “tuvieran tiempo para prepararse adecuadamente para representar a Cuba” en el Festival Jazz Jamboree que se celebraría en 1970 en Varsovia.

A los trompetistas Lara y Varona y al trombonista Modesto Echarte, a quienes no les encargaron ninguna tarea en particular, nunca les explicaron las razones por las cuales -según se dice, a petición de Manuel Duchesne Cuzán, director de la Orquesta Sinfónica Nacional- no los dejaron ir a Montreal.

Los festivales de Varadero de 1967 y 1970 fueron las últimas oportunidades de lucimiento de la Orquesta Cubana de Música Moderna. Luego del Congreso de Educación y Cultura de 1971, con el advenimiento del nefasto Decenio Gris, a los músicos de la orquesta les orientaron que tenían que “tocar de todo, y no tanto jazz”. Aquella imposición se vio reflejada en el segundo disco de la orquesta, titulado Cuba, que linda es Cuba, donde todas las piezas eran cubanas y del corte de la homónima de Eduardo Saborit.

La orquesta se vio forzada a tocar un repertorio cada vez más ligero, con poco o ningún margen para los solos y la improvisación jazzística, hasta convertirse en una orquesta de variedades que acompañaba a cantantes de segunda o tercera categoría.

La decadencia de la orquesta era imparable. La Dirección de Música del Consejo Nacional de Cultura despidió por protestón a Paquito D Rivera, las FAR se llevaron para su banda musical al trompetista Arturo Sandoval, el baterista Enrique Plá y el contrabajista Carlos del Puerto, y Romeu y Somavilla se apartaron de la orquesta, que quedó bajo la dirección de Germán Piferrer.

En 1973, Chucho Valdés creó Irakere y “sacó del bache” a Paquito D’ Rivera y a varios de aquellos músicos. Con una profusión de instrumentos de percusión afrocubana, en números como Bacalao con pan y Valle de Picadura, se mezclaban el jazz y el dodecafonismo con la música cubana, Irakere causó sensación en su momento, y junto con Los Van Van, revolucionaron la música nacional.

Pero Irakere acabó tocando una música bailable, que para los bailadores resultaba demasiado rápida y elaborada. Sus integrantes, incluido el director, Chucho Valdés, se sintieron incómodos y ansiosos de nuevos horizontes musicales: lo que les interesaba era el jazz. Paquito D’ Rivera se iría de Cuba en mayo de 1980. Arturo Sandoval se fue en 1989. Les seguirían Carlos Averhoff, Carlos del Puerto y otros.

El 23 de junio de 2007 en el teatro Amadeo Roldán se celebró el 40 aniversario del primer concierto en dicho auditorio de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y de los integrantes originales sólo estuvieron tres: Chucho Valdés, Carlos Emilio Morales y Enrique Plá. Los demás músicos estaban muertos (Romeu, Somavilla, Barreto y Varona) o se habían ido del país, en busca de libertad y de mejores oportunidades de tocar, sin imposiciones, la música de su preferencia.

En 2017, cuando se cumple el medio siglo de la Orquesta Cubana de Música Moderna, parece que la efemérides redonda pasará sin celebraciones.

Luis Cino Álvarez
Cubanet, 4 de mayo de 2017.
Leer también: Haciendo historia en el Amadeo, por Pedraza Ginori.

jueves, 22 de junio de 2017

Numidia Vaillant: piano-woman, jazz-woman (II y final)



Como compositora y viviendo aún en Cuba, Numidia avanza algunos pasos: el gran cantante franco-hispano Luis Mariano le graba su mambo Juanita la Chismosa (RCA Víctor V23-6455), el 22 de julio de 1954. Meses antes, en marzo, el Conjunto Casino le graba, para el sello Panart, el bolero No sé por qué no me quieres, en la voz singular de Rolito Rodríguez.

En enero de 1956, Show, la revista de los espectáculos, destaca a los llamados 'pianistas excéntricos', en su selección anual de 1955, que singulariza en Ignacio Villa, Bola de Nieve, y Numidia Vaillant. En el programa Show de Medianoche, en Radio Continental, situada en Prado y Colón, La Habana, en agosto de 1956, Numidia figura entre las prominentes y numerosas figuras que desfilan por los micrófonos del popular espacio. Son los tiempos de sus recordadas noches en el Club 21, un lugar que aún señala esa esquina de N y 21,frente al hotel Capri, en El Vedado, pero hoy ya muy diferente y donde nadie recuerda ni sabe de aquella muchacha que todas las noches maravillaba con su piano.

Numidia consigue fidelizar a un grupo de selectos degustadores de su pianismo y su voz, cubanos y extranjeros de clase media y alta que frecuentaban el Club 21 y que comenzaron compartir con ella una relación cálida y amistosa. Los recuerdos de Dámaso Rodríguez, Yuyo, chef del night-club y gran aficionado al canto, dibujan a la Numidia de aquellas noches del Twenty-One, como también le llamaban: “Fue la primera pianista del Club 21. Era de carácter risueño, pero no de medias tintas, porque le decía al pan pan y al vino vino. No era guarachera, lo de ella era Edith Piaf, Michel Legrand, Lecuona, Cesar Portillo, José Antonio Méndez, y por eso gustó mucho a los clientes de la alta sociedad de entonces. Fue la primera pianista que me montó repertorio y por ello hicimos buena mancuerna. Su gran admirador era un remero del Habana Yacht Club, Titi Longa, familia de la famosa escultora, a él le gustaba cantar y ella gustaba de acompañarlo. Una noche la acompañé al restaurant Chez Merito en el Hotel Presidente y como había un piano me invitó a cantar y yo que no me parecía a nadie pues la complací. Cada vez que escucho La Vie en Rose la recuerdo.”

A instancias de Titi Longa, Numidia accede a acompañarle en la grabación de un disco LP, que se publica bajo el título Cita en el 21, por el raro sello Hi Havana (LM-500).El disco incluye los temas No puedo ser feliz, Que seas feliz, Tú mi delirio, Vuela Coloma, Tú me acostumbraste, Por qué volviste a mí, Profecía, Qué dirías de mí, Sensualidad y Mañana será hoy, esta última de la autoría de la Vaillant. En la foto, a la entrada del Club 21, Elena Burke y Meme Solís.



Es también en el Club 21 donde por primera vez Marta Valdés se encuentra con Numidia Vaillant, probablemente, en el verano de 1956, según los recuerdos de la compositora habanera, cuando su amiga Renée Barrios cantaba también allí, en uno de sus espacios de la noche, e interpretaba dos o tres de las canciones de la Valdés. Todas jovencísimas y arrebatadas por la canción. Allí coincidió Marta con el matrimonio de arquitectos Lanz-del Pozo, cuya residencia les abre a todas los brazos para que voces y piano experimenten, unan sentimientos y afloren nuevas canciones. Numidia, Marta, las Hermanas Benítez la frecuentaban y hacían habitual la magia reiterada de los reencuentros con sus anfitriones e invitados.

Beatriz, Pilar, Petry, Beba y Juanita, las Hermanas Benítez formaban en 1956 un quinteto vocal, al que se vincula la Vaillant en calidad de pianista acompañante, en una labor que como ya señala Marta Valdés, abarca también el montaje de voces y la realización de arreglos. Muy pronto surge un contrato para presentarse en Estados Unidos. El vuelo 951 de Aerovías Q llevará a Numidia y las Benítez en su primer viaje a Key West el 17 de enero de 1957, quienes se presentarían bajo el nombre comercial de The Cuban Cuties and Numidia Vaillant. Para la pianista, la de 1957 sería también su única experiencia de permanencia en ese país. Sus motivos tuvo para no regresar, y la impresión que aquel periplo dejó en ella, logró sintetizarla en la citada entrevista con Palma y Couffon:

-Fue en 1957, que era muy difícil, y mi impresión del Sur fue tan desagradable en ese aspecto (el racial) porque del resto aprendí muchísimo jazz y de todo. Yo me dije: “A este país no volvería ni de casualidad”. Así fue. Por poco voy a la cárcel. En una tienda del sur de Mississipi compré unas cosas y después quise tomar un jugo de naranja y no me lo sirvieron. Yo no me quise ir y les dije: “Si mi dinero no es bueno para un jugo de naranja, devuélvame el dinero que he gastado, que no será bueno para las otras cosas”. Llamaron a la policía, los bomberos cerraron la cuadra, evacuaron todo y vinieron como fieras. Yo hice como que no hablaba inglés. En español les dije: “Soy ciudadana cubana y ustedes no tienen derecho a hacer eso”. Fue un incidente muy grande. Con las chicas con las que viajaba, estuvimos en la primera plana en el periódico. Por la noche, mucha gente de todas las razas vino al concierto. En Baltimore no había hotel para nosotras. Tuvimos que dormir en el coche, en la montaña, y veíamos explotar las bombas abajo, porque eso fue en el 57. En Little Rock, tuvimos que dormir con la policía acostada al lado de la puerta. El cabaret donde fuimos a tocar tenía un policía cada dos metros para protegernos, y nos desplazábamos en los autos de la policía negra. Recorrimos todo el Sur desde el mar del Caribe hasta el Océano Pacífico. Después nos fuimos para el norte hasta Seattle y ya fue otra cosa. El viaje por el centro fue diferente. Luego hubo que hacer el Sur, Carolina del Norte, Carolina del Sur.

En julio de 1957, antes de continuar la gira por Estados Unidos, Numidia y las Benítez se destacan en el show del Casino Parisién del Hotel Nacional de Cuba, donde son contratadas por dos semanas, con un repertorio ecléctico que va, desde Seventeen, Arrivederci Roma, Morirat, Bailando Calypso hasta el Yerbero Moderno, y que provocó elogiosas críticas y el contrato para presentarse en noviembre de ese año en Miami Beach, en los hoteles Algiers y Sevilla. Contaría Numidia: “Después de Miami, regresé a Cuba, a mi casa. Teníamos un contrato para volver. Cuando volví para trabajar con la orquesta, no me dejaron tocar el piano. Sólo me dejaron dirigir la orquesta. El director del sindicato de música dijo que aunque yo tocara muy bien, no me lo iba a permitir porque había norteamericanos que tocaban mejor que yo. No me quiso dar el permiso para tocar.”

En efecto, la nota aparecida en la revista Show lo corrobora: “La Unión de Músicos que preside Mr. Petrillo impidió la actuación de la pianista Numidia Vaillant, que acompaña siempre a las Benítez.” Las Hermanas Benítez con Numidia siguen despertando interés de los espacios nocturnos habaneros y al año siguiente, en enero de 1958, están presentándose en el bar del Cabaret Sans Soucí, valoradas por la empresa como un verdadero acierto de elección. Numidia sigue con sus presentaciones como pianista en el selecto Club 21. También en 1958 hace parte de un memorable concierto donde el flautista Roberto Ondina dirige una orquesta de cámara secundado al órgano por Sara Jústiz y Numidia al piano, y como cantantes solistas, Marta Pérez, Tomasita Núñez y Luisa María Morales, entre otros.

En un período anterior a 1958, según la misma fuente, estuvo en México, probablemente coincidiendo o junto a Las Hermanas Benítez, donde permaneció seis meses (entre 1957 e inicios de 1958), pero a consecuencia de una actitud malintencionada de una supuesta amiga, nunca obtuvo el permiso para trabajar. Las Benítez terminaron radicándose en el país azteca y luego desperdigándose por el mundo, alejadas de los escenarios y entregadas a las familias que decidieron crear. Pero antes, durante su período mexicano, nos cuenta el doctor Cristóbal Díaz Ayala, dejaron una serie de grabaciones que acaban de ser referenciadas, lo que ameritará una investigación más exhaustiva para tratar de identificar la posible presencia de Numidia Vaillant y su piano con ellas en estos registros fonográficos. De ese período data la grabación que hicieran Las Benítez del tema Bailando calypso de la autoría de Numidia, registrado por el sello Musart (01962) en marzo de ese mismo año. Ese mismo sello acoge la grabación que el dúo chileno Sonia y Miriam hiciera su tema A través del mar, en noviembre de 1962, con la referencia 03309. La pianista santiaguera también menciona haberse presentado en Colombia y Bahamas, probablemente antes de viajar a Europa, aunque sin precisar fecha. Mientras permanece en La Habana, trabaja, aprovecha el tiempo, continúa sus estudios de francés en la Alianza Francesa.

Las reflexiones de Numidia, tras el viaje a los Estados Unidos, transparentan varias conclusiones que implicarían cambios definitivos en su vida: “Después del viaje me puse muy violenta, muy salvaje contra las costumbres cubanas. De regreso a La Habana me di cuenta de muchas cosas que no veía antes. Entonces me dije que en un país en donde mi abuelo había sido uno de los fundadores, yo no podía soportar que se me tratase mal. En aquel entonces si uno protestaba por un maltrato racial, decían que uno estaba hablando mal del gobierno y lo metían a la cárcel. Es decir, que era verdaderamente una catástrofe. Entonces me puse a reunir dinero. Yo tenía buena posición, trabajaba en un club muy exclusivo (se refiere al Club 21) donde ni los sirvientes eran negros. La única negra era yo, la pianista. Allí conocí a Nat King Cole. Allí conocí a muchas familias europeas que me dijeron: Usted tiene que ir a París. Me hablaron del club-restaurant La Calavados. Mi profesor de piano en el conservatorio me decía lo mismo. En un año reuní dinero suficiente y me fui a París.”

Una decisión con sabor a decepción, un halo de romanticismo, y hasta de ingenuidad, pero también con ganas de comerse el mundo en pos de su realización personal, que no deja indiferentes a algunos: en editorial titulado Ante el desastre, el director de la revista Show, Carlos Manuel Palma escribía: “…el éxodo de grandes figuras preteridas se nutre con otro nombre glorioso, pero desgraciadamente olvidado. El de Numidia Vaillant, la excelsa pianista y compositora, que huye avergonzada del vacío que la rodea. Se va sin contrato, con admirada valentía, hacia la vieja Europa. Ojalá que este conmovedor suceso sirva de ejemplo y de lección objetiva, sobre todo a los que dilapidan fortunas en importarnos artistas que vienen a hacer su aprendizaje ante nuestras cámaras de televisión.”

En el número siguiente, la revista reproduce un fragmento de una carta del cantante Miguel D’Gonzalo desde Caracas y dirigida a Palma: “Lo que dices de Numidia Vaillant vale un capital: pensar que desde que ella tenía 8 ó 9 años, está sentada en ese piano, pues somos de Santiago de Cuba los dos, como lo es Luis Carbonell, que también puede dar fe de lo estudiosa que siempre fue Numidia y que después de demostrar que puede ser concertista eminente, pianista popular y excéntrica excelentísima, como también compositora de fibras muy hondas, tenga que irse a Europa, avergonzada del trato que los advenedizos productores de nuestra asqueada TV (aún a sabiendas de los valores incalculables que tenemos para regalar, si se nos diera la ansiada oportunidad con constancia) le da a ella, como a un Pepe Reyes que afortunadamente se encuentra fuera del terruño, no así Reinaldo Henríquez, Olga Rivero y otros, por no mencionar la lista innumerable de artistas de verdadera valía que hay en Cuba y que apenas se le atiende.”

Numidia Vaillant llega a París el 3 de noviembre de 1958, mecida quizás en brazos de aquella rara sensación que le provocaban las lecturas adolescentes de Dumas, Hugo o Balzac: el sueño de Europa. “Me daba ilusión pasearme algún día por las calles donde había vivido tanta gente interesante. Quería conocer la historia de Francia, vivir por lo menos un año, ver París, los monumentos, las iglesias, los puentes, la torre Eiffel. Me habían dicho que en París los libros eran baratos, sobre todo los libros de estudio. Me habían dicho que aquí se podía estudiar lo que uno quería, que había posibilidades para todo el mundo. Que había lugar para todas las nacionalidades. Yo tenía deseos de estudiar, de aprender cosas, historia del arte, por ejemplo. Había leído muchas obras que hablaban de París, de la vida de los grandes músicos que decían que no se consideraban consagrados, si no habían sido aceptados por el público de París. Yo tenía la ilusión de estudiar en el conservatorio. Mi profesor de La Habana, Joaquín Nin, que había sido profesor en el Conservatorio de París, me había dicho: “Usted tiene que ir a París a estudiar”. Por eso escogí París.”

Más razones confesaría la Vaillant para sustentar su ilusión de París: “Soñaba que iba a tener una vida brillante como músico y que iba a tocar con una gran orquesta y que luego en Europa algún rey me iba a convertir en marquesa y que iba a ser la primera belleza negra del mundo”, confesaría en tono infantil, reconociendo que “eran cuentos de hadas”. Junto a la fascinación por la Ciudad Luz y el mito de París construido minuciosamente en sus sueños, parece ser que la talentosa pianista está decidida a enfrentar al mundo con tal de triunfar con sus manos sobre el teclado y conquistar el reconocimiento del que se sabe merecedora. Trae consigo cartas de recomendación de aquellas familias aristócratas que acudían a aplaudirla al Club 21, y que iban dirigidas a otras familias parisinas, que, asegura la pianista, la acogen en fechas difíciles como navidad, fin de año y otras memorables, “para evitar que el choque fuera demasiado fuerte. La primera familia francesa que me acogió con la cual guardo una amistad enorme, como si fuera mi propia familia, fue la de mi profesora de la Alianza Francesa de segundo año, Madame Pagniez. Sus hijos son como si fueran los míos”, aseguró alguna vez.

Tuvo la suerte de que su primer trabajo fuera en una boite de jazz, nada más y nada menos que el famoso Blue Note, franquicia parisina de excelencia del famoso club neoyorkino que tiene plazas en las más importantes ciudades del mundo. De hecho, el de París era el de mayor renombre y prestigio en Europa y allí, donde tocan los grandes, Numidia fue contratada por un mes, pero la cubana volvería una y otra vez, llamada nuevamente en diferentes momentos de su vida parisina. Siempre reconoció lo importante que fue en su aprendizaje su paso por el Blue Note y poder ver y también en ocasiones acompañar a grandes del jazz como Stan Getz y Bud Powell. En el Blue Note, el BeBop y muchos otras boites de jazz de Saint-Germain des Près dejaría la santiaguera el sonido de su piano y ellos, en ella, la huella indeleble del mito. Después de su primera incursión en el Blue Note, según cuenta ella misma, trabajaría en aquel restaurant chic y famoso del que tanto le habían hablado sus amigos franceses en el habanero Club 21: La Calavados, un sitio donde por las características de los asiduos, exigían cantar en cinco o seis idiomas, lo que para Numidia no fue nunca un problema, pues además de en español, cantaba en inglés, francés, italiano y portugués. A poco más de un año en París, ya la santiaguera anda con pasos firmes en la vida nocturna de la gran ciudad.

En esos años todavía a La Habana llegan noticias sobre Numidia: la revista cubana Carteles, en mayo de 1960, resume sus éxitos en París y comenta en su sección De la farándula, fragmentos de una carta suya al columnista Arturo Ramírez: “He sido presentada en el Blue Note, en los Campos Elíseos, en el nite-club Suzzy Palydor. Pasé luego a Cataluña para presentarme en el lujosísimo Club Garbi, en S’Agaró de la Costa Brava. El público se encantó con las cosas del folklore cubano y con las interpretaciones de las danzas españolas de Lecuona, que toqué junto a las de Albéniz. Tanto en París como en Cataluña mi arreglo pianístico del zapateo cubano ha gustado muchísimo”, escribiría Numidia al cronista de la revista cubana Carteles.

En Barcelona se presenta de manera destacada en la televisión y a su regreso a París, la llevan a Tele-París donde es entrevistada e interpreta una selección de composiciones propias. En 1959 se le pude ver en Le Boeuf sur le toit, con un programa de temas populares de Centro y Suramérica, entre otros. Allí, comenta Numidia “tuve la suerte de encontrarme con personajes como el actor Jean Marais, que se interesó mucho por mi música y mis canciones.” Para entonces, había comenzado a componer en francés, auxiliada por un diccionario, con lenguaje y temas de la vida diaria, que reflejaban las emociones de su nueva vida y de su nueva ciudad. Y esas canciones gustaron! En Le Boeuf sur le toit, acompaña también al piano al cantante cubano Sergio Fiallo, quien había sido parte del elenco del show del Casino de Capri en La Habana.

Los ecos de la buena acogida que han tenido los cubanos llegan hasta La Habana: “Numidia Vaillant y Sergio Fiallo triunfan en un cabaret de nombre raro Buey sobre el techo", escribió la revista Show. "Fiallo canta obras de Frank Domínguez, Facundo Rivero, Marta Valdés. Tiene a la gente en éxtasis” , reportaba desde la Ciudad Luz el cantante Roland Gerbeau, que también hacía las veces de corresponsal de la revista del espectáculo en Cuba. Ciertamente, en La Habana aún el nombre de la Vaillant no había caído totalmente en el olvido: entre las 'maravillas del teclado' aparecía el de la santiaguera junto a los de Mario Romeu, Paquito Godino, Rafael Somavilla, Bebo Valdés, Rafael Ortega, Adolfo Guzmán, René Touzet, Armando Oréfiche, Frank Emilio, Carlos Ansa, Enriqueta Almanza y las dos Zenaidas, Manfugás y Romeu.

En su obsesión por los estudios, en 1959 es aceptada en el Conservatorio de París. “Me aceptaron sin derecho al concurso, porque tenía 30 años, que era la edad límite. El profesor me aceptó como alumna privada, gratis. Le gustó mi modo de tocar y me preparó un concierto con el Quatour Margand, que era muy importante. Fui al Conservatorio de París hasta 1961. Cuando terminé con ese profesor tocamos un quinteto de Cesar Frank y algunas obras contemporáneas con la presencia de un compositor como Rolland Manuel y Daniel Lesur. Allí estuvo mi antiguo profesor de armonía en el Conservatorio de La Habana, Harold Gramatges, un gran musicólogo, compositor y gran pianista que estaba de Embajador de Cuba en París. Eso me dio mucha alegría. Después seguí tocando otras cosas, sobre todo música cubana del siglo XIX, que ya tocaba en Cuba para la radio y la televisión.”

Los inicios de los 60 definen el período finés de Numidia Vaillant, marcado por su debut cinematográfico en 1962 en el filme Yö vai päivä (Noche o día), de los directores Risto Jarva y Jaakko Pakkasvirta (Finlandia), asumiendo como actriz uno de los roles principales, además del de compositora, pues en la banda sonora del filme aparecen temas suyos de los cuales el más difundido entonces resultó Puumala Calypso. Dos famosos actores fineses -Eino Krohn y Elina Salo- tenían a su cargo los personajes protagónicos y Kari Rydman, el crédito de la banda sonora. En Finlandia, Numidia realizó escasas grabaciones y al menos se ha podido identificar el registro de Puumala Calypso en extended play bajo el sello Filminor, aunque es presumible que el piano de la santiaguera se haga escuchar en los otros tres tracks.

La etapa finesa de la Vaillant dejó una huella indeleble en su vida: allí, en Finlandia, encontró el amor; un amor que la hizo dudar en quedarse allí para siempre o regresar a París. También recibió el amor del público finés: “Jamás imaginé que tendría tanto éxito. Durante dos meses, todos los días, había una sala llena con cuatro, cinco mil personas. En Finlandia tuve premios de películas donde tenía el rol principal. Este período fue muy importante. Estaba enamorada, por poco me quedo. Fue un momento muy intenso de mi vida. Era tratada con respeto, admiración. Desde el punto de vista artístico fue fantástico. Eso duró dos años.” Son años de amor y de él nace su hija Anaïta.

Ya Numidia destacaba en los circuitos jazzísticos. Desde su columna Paris Scratchpad en la revista especializada Jet, y durante los años 1969 y 1970 el cronista norteamericano Art Simmons se ocupa de destacar el paso de Numidia por diversos escenarios: en el Blue Note durante las fiestas navideñas y de año nuevo en diciembre de 1968; durante la temporada de deportes de invierno, se le pudo ver animando las noches en el Cintra Restaurant, en Grenoble; la edición de Jet del 22 de mayo de 1969 anuncia la aparición de la destacada pianista cubana en el Tel Aviv Hilton Hotel, en Israel, donde permanecería seis meses, tras los cuales Jet anunciaría el regreso de Numidia a sus espacios habituales en la Ciudad Luz, desde donde viajaría sin cesar con su música y encantaría sobre los escenarios de Roma, Estocolmo, Reikiavik, Madrid, Ginebra, Zürich, Cannes, Montecarlo…..Pero siempre volvía a París, que ya era definitivamente muy suyo. Construyó su familia elegida, amasada con sus manos de piano, y que unía a sus amigos que la adoraban sin reservas, no perdían ocasión para elogiar su talento a toda prueba, la seguían sin esconder el entusiasmo de sus aplausos a todos los sitios parisinos que continuaron acogiéndola: el Theatre de la Vieille Grille, Le Mars Club, Le Living Room, Chez Papa, Hotel PLM St. Jacques y su entrañable y exclusivo Sofitel Paris.

Entre las cosas que añoraba en 1998 y que lideraban su lista de pendientes deseados, estaba la grabación comercial de un disco, algo que nunca consiguió, expectante quizás porque alguna casa discográfica mostrara iniciativa. Sin embargo, uno de esos amigos divinos logró acercarla lo más posible a ese sueño: a Jean-Michel Delaroche y a su familia habrá que agradecerles siempre habernos legado esos discos, que, desde la más admirada devoción decidió producir para preservar el legado de la pianista santiaguera. Quien quiera conocerla y ahondar en la música que salía de sus manos, acrisolada por un conocimiento monumental y una sensibilidad extrema, tendrá que convertir en fonogramas de cabecera esos discos.

Jazzísimo fue grabado en 1984, en plenitud de su desempeño musical, su vitalidad, pero sobre todo su sentido del ritmo y su virtuosismo, que le permiten obtener un resultado que trascienden la supuesta soledad sonora del pianista y nos hace escuchar mucho más, como si de un trío rítmico se tratara. En Numidia Vaillant au Passage du Désir, la santiaguera aborda, en la cercanía de sus 80 años, un repertorio ecléctico de standarts de jazz junto a piezas del repertorio latinoamericano que van de Moisés Simons (El Manisero) a Atahualpa Yupanqui (Luna Tucumana); de Jobim y Moraes (Garota de Ipanema) a temas de la tradición popular caribeña en Haití y Guadalupe, hasta su personalísima versión del Zapateo Cubano.


Live à Ménilmontant es el último de estos fonogramas, y recoge el concierto ofrecido por la Vaillant el 4 de julio de 2010 Ménilmontant, con dirección artística y coordinación de Jean Michel y Romaine Delaroche; sonido al cuidado de Sebastian Poirel y Thomas Marmounier y mezclas en HotSpot Studio de París. En todos, el repertorio aborda standards de jazz y obras del american songbook (desde Fletcher Henderson, George Gershwin, Thelonius Monk, Duke Ellington, George Shearing, hasta Bill Evans) y también piezas latinoamericanas, finesas, clásicas y hasta alguna de su propia autoría, como es el caso de Numidia’s blues en el CD Jazzísimo. Todo ello, complejizado en su propia manera de decir y de comunicar.

En 2010, ya con casi 83 años, la Vaillant regresa al cine, esta vez interpretando el papel de Louissane en el cortometraje francés de ficción Le Piano, con guión y dirección de Raphäel Schultz. El filme, de 19 minutos de duración, cuenta la historia de una niña llamada Chloe –interpretada por Inés Chaaraoui-Mattei- que tras perder su hogar y mudarse con su familia a una móvil, se encuentra con Louissane, una anciana pianista, y ese encuentro le cambiará la vida.

Numidia había perdido la visión tras una intervención quirúrgica, y aunque nunca dejó de tocar, este accidente se sumó a la cuota de pesares que debió enfrentar en paralelo a su exitosa vida musical: la incapacidad invalidante de su única hija Anaïta, quien además le antecedió en la muerte, y la imposibilidad de ver en ella la continuidad de aquella estirpe depositaria de saberes y cultura que fueron las familias Vaillant y Villalón.

Cuando se sentó al piano aquella tarde-noche primaveral de mayo de 2015 en el Sunset Sunside Jazz Club, probablemente no sabría que sería la última vez que lo haría en público, aunque quizás lo intuyera. Su estado de salud ya era precario, se sentía cansada, y meses más tarde es vencida por la enfermedad. Fallece víctima de cáncer a la edad de 88 años, el 1 de octubre de 2015, rodeada de sus amigos, esa familia que siempre la arropó y cuidó, hasta su último aliento y más allá. Sus restos descansan en Gouvieux, cerca de Chantilly, y junto a los de su hija Anaïta.

No encuentro precedente femenino alguno en la pianística cubana del jazz, y acaso, es Numidia Vaillant, esa santiaguera soñadora, pero pragmática, la que abrió ese camino a las piano-women cubanas. Probablemente, Lilia Expósito, Bellita, nunca escuchó a la Vaillant; quizás tampoco lo hicieron Neisy Wilson y Marialy Pacheco, aunque sin saberlo, con su persistencia y la aún escasa difusión de sus respectivas carreras, han estado continuando ese camino que para Numidia tuvo su punto culminante cuando hizo suyo el mito de París.

Agradecimientos especiales a Marta Valdés, Raúl Fernández, Jaime Jaramillo, Enrique Pineda Barnet, Rembert Egües, Dámaso Rodríguez, Yuyo, y a amigos de Numidia en París que, sin saberlo, han colaborado con este trabajo.

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, noviembre de 2016.

Fotos: En la primera, Numidia Vaillant en una escena del cortometraje Le Piano, tomada de Theorem-films.com. La segunda, con Elena Burke y Meme Solís a la entrada del Club 21, fue tomada de La Habana Nocturna, extenso testimonio publicado en el blog Memorias de un cubano.

Descubrimientos de Tania Quintero

En YouTube, descubrí a Yaida Jardines Ochoa, santiaguera que vive y canta en París, interpretando Mañana será hoy, de la autoría de Numidia Vaillant, de quien fuera amiga y colaboradora, según esta nota de William Navarrete publicada en Diario de Cuba cuando en 2015 Numidia falleció. También descubrí al grupo argentino El Caribefunk cantando Juanita la chismosa, que al no ponerle crédito se deduce que se trata del mismo número de Numidia Vaillant, que en ritmo de mambo en 1954 le grabara el cantante vasco-francés Luis Mariano.